— El sostenimiento y la caída del imperio español —

Manuel Flores Caballero

Universidad Rey Juan Carlos I. Madrid


El conocimiento que se nos ha ido transmitiendo sobre las crisis en la Antigüedad queda magníficamente reflejado en las citas bíblicas. Por medio de la interpretación que realizó José de los sueños del Faraón, en la que le decía que, después de un periodo de las vacas gordas, que suponían los años de lluvias y abundancia, vendría otro periodo de vacas flacas, que serían los años de sequías, pobreza y hambre. Esta interpretación podríamos considerarla un primer esbozo de la actual teoría de los ciclos económicos.
En Historia Moderna sobre las crisis financieras como la de los Tulipanes, el caso de las sociedades de las Indias, las crisis inmobiliarias o las crisis financieras, diría que también es, completamente, aplicable esta interpretación de la mencionada cita bíblica.

Por muy diferentes que sean las formas en las que se han ido presentando las crisis, durante estos dos últimos siglos, de forma generalizada, podemos decir que vienen precedidas por años de bonanza y abundancia. Sin embargo, en las más recientes y cada vez de forma más acusada, se vienen presentando a través de una acumulación de factores que las aceleran por estar manipuladas, en gran parte, por la propia torpeza de los seres humanos. En la mayoría de los casos, el origen del caos radica en los propios diseños de las ingenierías financiaras y éste se ve acentuado, además, en los últimos tiempos, por la agresividad de los poderosos medios para su divulgación al gran público inversor, que permiten trasladar riesgos al consumidor final, recalentando los precios de los activos y los efectos de su expansión.
Bien es cierto que las crisis medievales de los siglos XIII y XIV se caracterizaron por las carestías de la vida: el aumento del precio de los alimentos, los periodos de hambruna, las epidemias, las pestes, las guerras y, por otra parte, también tuvimos las producidas como consecuencia del aumento de las recaudaciones de los señores feudales y las actividades especulativas de los intermediarios que desembocarían en la gran depresión bajo-medieval.

Tanto es así que los investigadores del medioevo profundizan en sus estudios en las relaciones que se producían entre las fluctuaciones de la población, con la escasez de los alimentos y el movimiento de sus precios en los mercados.

Es a partir de la Edad Moderna cuando aparece una nueva concepción del control del presupuesto de los Estados y se concreta en el nivel de endeudamiento de los monarcas, y es, sobre todo, en España donde se acumula una larga experiencia de todo ello.

Es a todas luces evidente que es un gran trabajo de investigación el estudio del endeudamiento desde los inicios del Imperio español a nuestros días e igualmente los grandes momentos en que España se ve envuelta en los diferentes conflictos por los que va perdiendo sus reservas de oro y plata y sus fuentes de riqueza provenientes de la minería a través de la historia.

 El endeudamiento incontrolado como uno de los orígenes de las bancarrotas del Estado español

Es en España, tal y como se concibe en el ámbito financiero a nivel mundial, donde se han producido, de manera intensa y continua, una serie de bancarrotas del Estado desde la Edad Moderna y muy posiblemente sea ésta la nación que con más dureza ha sufrido desencadenamientos de bancarrotas.
Tanto el sostenimiento del Imperio como su posterior decadencia supusieron un gran desgaste tanto por las pérdidas de seres humanos que se produjeron como por los fuertes desembolsos económicos que asfixiaron de manera crónica al erario público. El coste de la organización y las continuas hazañas bélicas fueron acuciando las necesidades de dinero sin haber tenido previsto el Estado los medios financieros suficientes para ir cancelando los préstamos concedidos por sus acreedores. Los mismos acontecimientos se fueron encargando de que al final fuera imposible establecer un límite a esos incumplimientos en la cancelación de las deudas.

Con toda probabilidad, en las revisiones que se vayan haciendo tanto en las investigaciones sobre el auge como sobre la caída del Imperio español, es el descontrol en las finanzas la causa principal que explica la incapacidad que sufrió el Imperio español para mantener los medios financieros adecuados, y esta situación forzó de manera inevitable las continuas bancarrotas y una creciente evolución del endeudamiento que provocaron no solo el descrédito, sino también la ruina de muchos banqueros, acreedores y del propio Imperio español.

Como dice Adam Smith:
“Los Estados están obligados a equilibrar sus presupuestos de tal manera que cuando tengan eventualidades puedan contar con los medios financieros de sus banqueros y acreedores con la condición de que los cancelen puntualmente con la mayor premura”.
Desde el momento en que un Estado incumple los vencimientos de las deudas y deja de pagar tanto los intereses como el principal montante se inicia una etapa de morosidad, en el que entre otros perjuicios está el de la aplicación de los intereses de mora, y las altas cuantías a los que éstos ascienden producen de manera inevitable un estrangulamiento de la economía. Cuando se caía en los intereses de demora, se estaba entregando gran parte del poder del Estado a sus acreedores y, por otra parte, la acumulación de renovaciones e incumplimientos continuos de estos intereses les conducía a una asfixia financiera y debido a ésta quedaban a la merced de las grandes recesiones, los retrasos en la evolución económica y la pérdida de las riquezas del país.

Los avances marítimos y los descubrimientos territoriales africanos ante la necesidad de las especies y metales preciosos.

Hasta que se produjo la reconquista del Algarve –para los portugueses– y la de Granada –para los españoles– durante siglos el punto de mira de los reinos cristianos se centró en la recuperación del territorio y en la expulsión de los invasores árabes de la Península Ibérica.

Durante este proceso centenario de cristianización peninsular, el Papado asume la legitimidad para disponer jurídicamente de los territorios conquistados en poder de los infieles y en los casos de fricción sobre la distribución de los nuevos territorios.

Estos siglos, en los que se viven permanentes contiendas militares, conllevan un fuerte desgaste humano y unas necesidades acuciantes y desenfrenadas de dinero, por lo que no resulta extraño que desde mediados del siglo XI empiecen a ser continuas las guerras entre el entonces condado de Portugal y el reino de León.

Dentro de este proceso de Reconquista por medio de la bula del Papa Alejandro III, Manifestis Probatun, Portugal consigue la Independencia en 1179. Situación que va a ser el germen de un nuevo foco de contiendas incluso antes de que se finalice la expulsión de los árabes de la Península.

En principio, los problemas con Portugal surgen con los límites fronterizos en el territorio peninsular. En una de las ocasiones, por ejemplo, Alfonso X tiene que reconquistar el reino de Niebla por las sucesivas incursiones que las órdenes religiosas hacían en suroeste peninsular, estableciendo al final el río Guadiana como límite fronterizo.

Tras las derrotas castellanas ante los portugueses en 1385 en las batallas de Aljubarrota (14/08/1385) y Valverde de Mérida (15/10/1385), se forzó el Tratado de paz de Ayllón (Segovia), firmado el 31 de octubre de 1411, para evitar más conflictos entre ambos países.

Pero no tardaron en pasar los conflictos de ser fronterizos a ser de índole colonial a causa de los nuevos descubrimientos territoriales africanos.

Los portugueses conquistan Ceuta en 1415, la isla de Porto Santos (en Madeira) en 1418 por João Gonçalves Zarco y las deshabitadas islas Azores, fueron descubiertas por navegante portugués Diogo de Silves en 1424.

Era patente para los reinos ibéricos la necesidad de buscar en tierras africanas el oro y otros elementos como el cuero, el añil, etc.

La primera intervención que realizó el Papa entre el reino castellano-leonés y Portugal se produce cuando en 1435 entregó a Castilla la propiedad de las islas Canarias.

Un acontecimiento que va ser clave para toda Europa es la caída de Constantinopla en manos de los turcos otomanos el 29 de mayo de 1453 y, como consecuencia de ello, se produjo la pérdida de la ruta de la seda que les permitía adquirir las especias para la conservación de los alimentos.

El nuevo dominio sobre el Mediterráneo por el Imperio otomano va a provocar continuas invasiones e incursiones sobre los diferentes países europeos y al mismo tiempo la necesidad de buscar un camino para llegar a las islas Molucas (más conocidas como las islas de las especias).

Portugal lo resuelve bordeando África por el Cabo de Buena Esperanza llegando a la India y desde allí al archipiélago de las Molucas. Más tarde, los castellanos buscan una ruta más corta por medio del descubrimiento de Colón y posteriormente con Magallanes bordeando en esta ocasión Sudamérica por la Patagonia.

La primera demarcación que se efectúa sobre los territorios descubiertos se realiza por la bula, Romanus Pontifex, de 8 de enero de 1454, por la que el Papa Nicolás V determinó la primera repartición de las islas y tierras que se descubrieran en el Océano Atlántico, adjudicando a Portugal las islas de la zona del paralelo de Canarias hacia el Sur contra Guinea en la costa de África, que los portugueses lograron descubrir hasta el cabo de Buena Esperanza.

Los Reyes Católicos, en guerra con Portugal, enviaron expediciones a Guinea en busca de oro, cera, añil y cueros.

Ello originó el Tratado bilateral de Alcaçobas, de 4 de septiembre de 1479, por el que se hacía un cambio en el reparto entre Castilla y Portugal tranzando una línea horizontal por el paralelo de cabo Bojador, según el cual, la Guinea y todas sus islas y el mar adyacente, exceptuando a las islas canarias correspondían a Portugal. Y, por tanto, los españoles no podían navegar por sus mares sin permiso del rey lusitano, Tratado que fue ratificado por la bula del Papa Sixto IV, Aeternis Regis Clementis, el 22 de junio de 1481.

La hegemonía marítima alcanzada por Portugal tanto en las técnicas de navegación como en los conocimientos de cartografía marítima la erigen como una gran potencia marítima que logra continuos avances en la rutas de navegación y realiza continuos descubrimientos de territorios desde el Norte hacia el Sur del continente africano en las exploraciones que realiza al continente asiático para hallar las islas de las especias.

El Rey Juan II de Portugal amenazó con enviar una flota, que tenía preparada, para seguir en su nuevo y anunciado viaje a Colón porque argumentaba que los nuevos territorios descubiertos le pertenecían conforme al Tratado de Alcaçova. Los Reyes Católicos que argumentaban que estos descubrimientos no estaban contemplados en el mencionado Tratado y con la finalidad de evitar una guerra solicitaron la intervención del Papa Alejandro VI.

El Papa aplicó a favor de España la fórmula que de forma tradicional venía aplicando la Santa Sede para los descubrimientos de nuevos territorios, y como ya se había hecho en el caso de Portugal en las costas africanas, “la donación de las tierras descubiertas”. Y políticas similares habían seguido los Papas que le precedieron: Martín V, Eugenio IV, Nicolás V, Calixto III y Sancho IV.

La Roma papal había concedido a Portugal todas las tierras que sus navegantes habían descubierto y para ello, Alejandro VI, por medio de tres bulas consecutivas, fechadas el todas ellas el día 3 de mayo de 1493, manifiestaba:

a) En la primera, concedía a los Reyes españoles las nuevas islas y tierras y las que se encontrasen en sucesivas exploraciones siempre que no perteneciesen a otro soberano de la cristiandad.

b) En la segunda, concedía a España los mismos derechos territoriales que se venían concediendo a Portugal sobre los territorios que sus súbditos o agentes habían descubierto.

c) En la tercera, obligaba a los reyes castellano-leoneses a educar en la fe católica y en el modo de vida europeo a los habitantes de los nuevos territorios.

Es en una cuarta, fechada el día siguiente, el día 4 de mayo de 1493, dictó la famosa Inter coetera Divina, por la que por medio de una línea divisoria se establecieron las dos grandes zonas de influencia para los futuros descubrimientos. La línea divisoria va desde el polo Norte al polo Sur que pasa a cien leguas a oriente de Cabo Verde y las Azores, de tal manera que todas las islas y tierras firmes descubiertas y por descubrir que estén al Oeste o al Sur de esa línea divisoria siempre que no perteneciesen a otro Príncipe cristiano serían para los Reyes castellano-leoneses.

Después de las dudas planteadas por los portugueses, el Papa Alejandro VI, el día 25 de septiembre, dicta la bula de “Extensión de la concesión apostólica y donación de la Indias”, en la que amplía los derechos soberanos concedidos a todas las tierras que fuesen encontradas por los navegantes castellano-leoneses al Este, Oeste o Sur de las Indias.

Ante la necesidad de llegar a un pacto, los portugueses consiguieron de los reyes castellano-leoneses ampliar desde las 100 leguas concedidas en la bula papal hasta las 270 leguas al Oeste de las islas de Cabo Verde, de tal manera que el hemisferio occidental a esa línea divisoria era para Castilla y los territorios a oriente de la misma eran para Portugal, por lo que se extendió el derecho lusitano a ocupar todo el nuevo territorio del actual Brasil.

A instancias de la Reina Isabel, hija de madre portuguesa y que su hija se había casado con el infante portugués, el acuerdo fue firmado por medio del Tratado de Tordesillas, el 7 de junio de 1494, y posteriormente, fue ratificado por el Papa.

El breve periodo comprendido entre 1580-1640 en que Portugal y Castilla estuvieron entrelazados por sus soberanos fueron años de unión aunque nunca se pudo conseguir que se enterraran las rivalidades.

El gran proyecto para acometer un nuevo mundo

En realidad, las grandes hazañas de la Reconquista peninsular, unidas a los viajes del descubrimiento y colonización en las tierras americanas y al alto coste de las contiendas en Europa y en el Mediterráneo, tuvieron un largo proceso de fuertes desembolsos para hacer frente a estas eventualidades, al que, además, había que sumar los altos costes bélicos para la formación y mantenimiento del Imperio.
Desde el inicio de la segunda mitad del siglo XV, los castellanos se suman a las rutas africanas, que venían explorando los portugueses, por la sed del oro que precisaban para mantener sus economías.
El descubrimiento del Nuevo Mundo es el ejemplo más claro del colonialismo minero, no con fines industriales, tal y como se concibió desde el siglo XIX, sino con fines estrictamente monetarios. Las labores mineras se centraban en la búsqueda de los metales monetarios por excelencia el oro y la plata y, en menor medida, el cobre.

Desde los inicios del descubrimiento se trató de buscar yacimientos de estos metales, dado que no era representativo el oro recogido en los ríos. Ya desde 1510, tenemos constancia que la Real Hacienda de Castilla apremia diciendo:
“Sabed que la necesidad es muy grande y por esto es muy necesario que venga el más oro que pueda venir, no importa lo cargado que vengan los barcos…..” .
Sancho de Moncada estima que, entre 1492 a 1695, debieron de llegar de las Indias 3.080.595.062 pesos e ocho reales.
E. A. Hamilton, a partir de los registros oficiales, determinó que entre 1503 a 1660 habían llegado desde América a Sevilla más de 185.000 kilos de oro y unos 16.886.000 kilos de plata, aunque se estima que en términos reales pudo ser el doble.

No obstante, todo lo recibido no fue suficiente para el mantenimiento del Imperio, por lo que era inevitable el proceso de endeudamiento al que el erario se vio sometido.
Del mismo modo que Maximiliano I de Habsburgo habían ido solicitando préstamos a sus banqueros, igualmente Fernando el Católico, en sus campañas italianas había acudido a los préstamos a través de los contratos denominados asientos, firmados con banqueros genoveses, con el objetivo de garantizar el suministro de los ejércitos.

El tipo de interés normal de los prestamistas era próximo al 18% (8% de interés, 6% por gastos de conducción y un 4% por adehala o gastos de negociación). El problema surgía en los vencimientos por los incumplimientos en los pagos, ya que desde ese momento empezaban a aplicarse los intereses de mora que podían llegar a ser más altos que la propia cantidad principal de la deuda.

Realmente, en 1519, es cuando Carlos I, asume la instrumentalización de la deuda, a la muerte de su abuelo Maximiliano I. Su banquero Jakob Fugger (Jacobo en castellano) como fórmula para cobrar las deudas que había generado el fallecido Emperador se compromete a sufragar la elección –entre los príncipes germanos– que estaban al corriente de los descubrimientos de los yacimientos de oro y plata americanos para elevarlo al mismo rango que su abuelo. Es el banquero el que vertebra financieramente la operación para convertir a Carlos I en Emperador del Sacro Imperio Romano, título que ya los Austrias, o la casa de Habsburgo, contemplaba.

El Emperador tuvo que firmar diversos asientos (obligaciones de pago) a los Fugger en los que reconocía tanto las deudas de su abuelo como las de las contiendas que fueron necesarias para haber logado su título de Emperador. En ellos, se establecían las condiciones de reembolso o forma de pago y los intereses de la operación, asientos que se firmaban con la garantía de las minas de oro, plata, y sal descubiertas y por descubrir y los impuestos que se cobraban en Castilla.
Como las necesidades de dinero para financiar las diferentes campañas bélicas, fueron crecientes y abrumadoras, esto trajo consigo que la deuda fuera en aumento en la medida que hacían falta más medios de financiación para mantener el Imperio.

Sin embargo, en este periodo no hubo nada más atractivo, sobre todo para los ingleses, los holandeses y los franceses que la captura de los galeones castellanos y portugueses que regresaban de las Indias cargados de mercaderías como eran el oro y la plata. De forma que a la tradicional piratería del Mediterráneo se trasladó también al Atlántico y cada vez fueron más abordadas las naves de Carlos V cargadas con los tesoros de las Indias.

De manera creciente y continuada, los holandeses, franceses e ingleses fundamentaron su prosperidad en el tráfico marítimo y los beneficios del intercambio comercial, fueron desarrollando su poder naval y se saltaron y no respetaron las resoluciones pontificias ni los acuerdos entre Castilla y Portugal.

Ya Carlos V, para hacer tesorería realizó, por medio de Tratados con otros países, operaciones de enajenación de territorios, que van a ser utilizados en más de una ocasión en la historia de España.

Felipe II: La declaración de las suspensiones de pagos de los reales asientos

Era evidente que, por aquellos años, nadie dudaba de la consistencia y de la solvencia del Imperio español. Por ello, Carlos I no se vio obligado a decretar la bancarrota por medio de una suspensión de pagos por incumplimiento de los asientos. Por entonces, era posible la simple operación de la renovación de ellos con nuevos vencimientos.
Sin embargo, el alto coste para mantener sus infraestructuras y el efecto expansivo de sus proyectos obligó a su hijo, Felipe II, a buscar recursos a través de continuos endeudamientos para mantener las diferentes contiendas y la expansión americana. Como sucede siempre, la dificultad se presenta cuando se encontró de forma crónica sin liquidez para pagar tanto la cantidad principal como los intereses en sus vencimientos y se vio obligado a declarar la “suspensión de pagos de los asientos”. Este tipo de acontecimientos son los que hoy denominaríamos la “bancarrota del Estado”.
En 1555, nada más empezó a hacerse cargo Felipe II de las posesiones que le iba legando su padre, iba haciéndose al mismo tiempo responsable del endeudamiento de los propios bienes y derechos que venía recibiendo. El estrangulamiento de la tesorería se presentaba como consecuencia de las nuevas necesidades de dinero para afrontar las guerras y sublevaciones. Un problema añadido que acusaron las tropas españolas fue el de “no tener liquidez”, en ocasiones, como consecuencia también de las dificultades sufridas para trasladar el dinero hasta los lugares de las contiendas.

Cuando el Rey agotó todas las posibilidades de conseguir crédito y no pudo hacer frente a los pagos, el incumplimiento se convirtió en una constante crónica y generalizada en su reinado.
Ante este caos financiero se vio obligado a renegociar sus incumplimientos con nuevos acuerdos que, en sucesivas ocasiones, fue incumpliendo por la propia escasez de liquidez de las arcas reales.

El monarca llega a declarar en tres ocasiones la bancarrota del Estado español, curiosamente, tal y como viene sucediendo en la actualidad, todas a finales de verano:

• La primera estalló el 1/09/1557, como consecuencia de que los turcos habían tomado Trípoli en 1551 y Bujía en 1555, y también por el conflicto bélico surgido cuando los franceses atacaron por sorpresa Douai en enero de 1557.

• La segunda ocurrió el 1/09/1575 como consecuencia de la guerra contra los turcos en 1572, el estallido de rebelión en los Países Bajos y las amenazas de guerra contra Francia e Inglaterra.

Desde la crisis de 1575, se observa una progresiva retirada de los banqueros alemanes y flamencos que van siendo reemplazados por hombres de negocios genoveses.
La pérdida de la gran armada, en la guerra contra Inglaterra, se produce en 1588 con los consiguientes efectos tanto en pérdidas humanos como en pérdidas de poder ante los países europeos y las consecuencias económicas que de todo esto se derivaron.
• Y la tercera bancarrota sobrevino en noviembre de 1596 a causa de la guerra, en la que aun contando con el apoyo francés, le plantea en 1595, Isabel I de Inglaterra que le avoca a una verdadera vorágine financiera.
Este conjunto de bancarrotas le supuso la quiebra de muchas empresas bélicas, que le forzaron, en muchos casos, a firmar malos acuerdos que provocaron también la ruina de la gran mayoría de sus banqueros.

Las declaraciones de bancarrota por los restantes Austrias y el cambio generado por las rutas comerciales plasmadas en el Tratado de Paz de Westfalia en 1670

Esta situación de quiebra de las reales arcas fue arrastrada y trasladada a sus sucesores, Felipe III en 1607 tuvo que estar renegociando asientos; Felipe IV declarando “suspensión de pagos de asientos” en 1647, 1652 y 1662, y Carlos II igualmente declara la “suspensión de pagos de los asientos” en 1666 y 1675.
A partir de 1640, los incumplimientos en los vencimientos de los asientos obligan a los monarcas a tener que firmar nuevos contratos con cláusulas especiales en las que se incorporaban beneficios extraordinarios para el asentista. Desde estas fechas proliferaron nuevos documentos como fueron:

• Los asientos de retrocesión.
• Los asientos con derecho a contrabando y remisiones de penas.
• Las conocidas como revisiones por el premio de la plata.

Es un hecho, los presupuestos de los países necesitan equilibrar urgentemente sus pagos con sus ingresos. Es sólo en circunstancias extremas cuando de manera excepcional y transitoria pueden endeudase. Por el contrario, cuando los presupuestos se equilibran por la vía del endeudamiento, con una deuda creciente e ilimitada para financiar la diferencia producida por los pagos –en este caso por los costes de un Estado centralizado, los costes de un continuo desgaste bélico y los costes de la expansión y construcción americana– que superaban con creces los ingresos de las arcas del Imperio, es el equivalente a un barco haciendo aguas por todas partes. Y el tiempo se encarga de que sean los propios acreedores los que le pongan punto y final a esta situación.

La corona británica al igual que los holandeses estimularon la construcción de barcos apropiados para la navegación atlántica para explotar el comercio marítimo orientando sus actividades a la comercialización de los puertos españoles y portugueses, americanos y africanos obligando a Castilla y Portugal al reconocimiento de las ventajas comerciales y territoriales.
En el Tratado de la Paz de Westfalia se reconoció el dominio y la ocupación territorial que ejercían en las Indias Occidentales, la libertad de navegación en las aguas internacionales y la anulación jurídica de las bulas pontificias sobre los territorios.

Los monarcas, en la reestructuración de las deudas, negociaron en determinadas ocasiones ir pagando los intereses olvidándose del vencimiento de los principales y en otras introdujeron fuertes aplazamientos.
La situación de precariedad era una constante. La realidad no era otra que el mantenimiento del glorioso Imperio no disponía de recursos propios que le permitieran autofinanciarse.
Al morir sin descendencia Carlos II, el 1 de noviembre de 1700, nombra como sucesor a Felipe V de la casa Borbón.
En 1701 se inicia la guerra entre Francia y Austria, alcanzando grandes proporciones a nivel europeo y que origina la formación de la Gran Alianza de la Haya (uniéndose Austria, Inglaterra, Holanda y Dinamarca y más tarde se agregan Portugal, Saboya y catalanes) que luchan contra la unión entre Francia y España.
En el verano de 1704 la flota anglo holandesa toma Gibraltar en nombre del Archiduque Carlos pretendiente del trono de España y en 1713, por medio del Tratado de Utrecht, España entrega a la Corona británica la isla de Menorca y Gibraltar.

La etapa borbónica y sus continuas declaraciones de bancarrotas

Con Carlos III se crea el Banco San Carlos, entidad encargada de descontar los efectos al 4%, convertir los vales reales, contratar los suministros militares y pagar la deuda exterior.

Los años rehabilitadores de Carlos III caen de inmediato con sus sucesores, de modo que, rápidamente, se entra en una profunda etapa económica de recesión.
Más tarde, como era de esperar, el Banco San Carlos fue absorbido, en 1829, debido a su alto nivel de endeudamiento, por el Banco de San Fernando.

 El final del Imperio y la invasión francesa

El final del siglo XVIII y comienzos del XIX se caracteriza por una abrumadora expansión económica de los países donde había predominado la Revolución Industrial, produciéndose una gran disputa entre los ingleses que querían introducir sus productos tanto en los puertos europeos como americanos y los franceses que trataron, por todos los medios, de impedirlo mediante el bloqueo de los puertos marítimos que pudieron controlar. Entre ellos los puertos españoles y portugueses.
Es a finales del siglo XVIII cuando de nuevo se desata un cúmulo de nuevas bancarrotas en España. El país es invadido por los franceses, dando comienzo así la Guerra de la Independencia y las posteriores contiendas por la emancipación de las colonias americanas.
La emisión descontrolada de vales reales como consecuencia de los gastos de la guerra contra Francia supuso la ruina de las arcas públicas y obligó al Emperador Carlos IV en 1799 a suspender incluso el pago de los intereses.
Un acontecimiento memorable es la repatriación de las reservas monetarias americanas del Virreinato del Perú.

Concretamente, en septiembre de 1802 Godoy había recomendado fletar una flota de guerra al Ministro de la Marina, Domingo de Grandallana, y por Orden de 6 de noviembre de 1804, Carlos IV, ante las amenazas bélicas a las colonias americanas toma la decisión de repatriar las reservas monetarias custodiadas en Lima, procedentes de la recaudación del Virreinato del Perú.
La expedición del convoy, la formaban cuatro fragatas: Medea, Fama, Santa Clara y Nuestra Señora de las Mercedes, que partió del puerto del Callao en Lima, hizo parada en Montevideo, poniendo finalmente rumbo hacia el Estado español el 9 de agosto de 1804.

En la mañana del día 5 de octubre de 1804, y pese a que eran tiempos de paz, los ingleses atacaron a la expedición de las cuatro fragatas, en la conocida Batalla del Cabo de Santa María, frente a la costa del Algarve (en Portugal). Antes de que pudiesen actuar los españoles, de un cañonazo en seco en su polvorín y tras una gran explosión, fue hundida la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, apresándola y haciéndose luego cargo del tesoro de los tres primeros navíos.
Al día de hoy, el tesoro hundido en el mar de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes es objeto del famoso pleito, en el Tribunal Supremo de los EE. UU., entre la empresa Odyssey Marine Exploration –compañía que lo extrajo– y el Estado español. El botín con los 697.621 pesos, se componía por 253.606 pesos propiedad de la Corona y el resto de 130 mercaderes.

Este acontecimiento, sin duda, fue el preludio de lo que ocurriría un año más tarde, cuando en la Bahía de Cádiz la armada franco-española fue derrotada por la inglesa en la Batalla de Trafalgar.
El dominio francés, la posterior sangrienta guerra de la Independencia (1808-1814) y la pérdida de las colonias americanas (1809-1824) supusieron la continuidad de un déficit crónico del erario español y, concretamente, entre 1814-1845 este déficit obligó al país a vivir en estado de ruina, con gran parte del pueblo teniendo que vivir en la mayor precariedad y pobreza.

España durante todo el siglo XIX, periodo cargado de guerras internas y externas, procesos revolucionarios, continuos golpes de estado, pronunciamientos militares, no sólo vive de espaldas a la Revolución Industrial, sino que sus riquezas naturales son ofertadas bajo la condición de que su rendimiento podrá ser explotado por el mejor postor.

La quiebra de la Deuda Pública por los ferrocarriles: 1866

Conscientes, en la época, de la creación y fomento de riqueza que originaría la ferroviación del país, en 1844 el Gobierno encargó a la Dirección General de Caminos Canales y Puertos la elaboración de un informe sobre estas actividades. Para ello, se creó una Comisión, formada por cinco ingenieros de caminos y presidida por el Inspector General Juan Subercase, con el fin de que elaborasen el mencionado informe para poder contar así con un Pliego General de Condiciones para la solicitud y obtención de las concesiones ferroviarias. El trabajo fue publicado el 2 de noviembre de 1844 y fue en la realidad la base y fundamento de la Real Orden de 31 de diciembre 1844.

Tras la Ley General de Ferrocarriles de 3 de junio 1855 , el dinamismo de las líneas de los denominados caminos de hierro obligó al real erario en épocas de Isabel II, ante la desconfianza de los banqueros, a incentivar el interés de la Deuda Pública para estimular así a los promotores en la construcción de las líneas de los ferrocarriles.

El déficit crónico termina de nuevo conviviéndose en impagos a las empresas constructoras de los ferrocarriles y también a los Bancos que las habían financiado, por lo que Isabel II declara la quiebra de la Deuda Pública en 1866, medida que origina la suspensión de la cotización de los títulos españoles en los mercados europeos y la ruina de muchos banqueros y empresas del ferrocarril.

 El periodo revolucionario: El Ministro de Hacienda, Laureano Figuerola Ballester (8/10/1868-13/7/1869) y desde octubre 1869 a diciembre de 1870

La revolución, de septiembre de 1868, se encontró sumergida en una fuerte recesión económica por la bancarrota de 1866, un breve resumen de sus efectos sería el siguiente:

• La crisis mundial de la industria algodonera a causa de la Guerra de Secesión norteamericana. El encarecimiento de los costes de la producción textil origina el cierre por quiebra de todas aquellas empresas que no estaban en situación de competir.

• La situación internacional, unida a los efectos de las hazañas militares, provocaron un excesivo y desorbitado endeudamiento del Estado, además de un fuerte déficit del erario público.

• La falta de liquidez del sistema financiero origina la cancelación de los préstamos, el encarecimiento del dinero y la caída de las cotizaciones de los mercados de valores.

• La crisis del sistema financiero fundamentado en entidades con alto nivel de endeudamiento que, pese a su precaria situación, pudieron sobrevivir a los efectos devastadores de las propias crisis.

• El excesivo endeudamiento e incumplimiento en los pagos por insolvencia de las empresas ferroviarias provocó una cadena de suspensiones de pagos.

• La crisis de la subsistencia de alimentos que afectaba de manera mayoritaria a la población y lo hacía con una balanza de pagos del país muy comprometida, por la falta de liquidez, para poder importar alimentos de primera necesidad.
En la propia Memoria que presenta al Parlamento Laureano Figuerola, como Ministro de Hacienda, se resalta que, como consecuencia del propio espíritu liberalizador imperante, el erario público se queda sin ingresos una vez que quedaron abolidos todos los monopolios estatales como la sal, el tabaco, etc.

Por ello, el Ministro tiene que negociar las emisiones de nueva deuda con la banca de París y la familia Rothschild que son las que atienden las necesidades del periodo revolucionario a cambio de las garantías de las minas de Río Tinto, las de Almadén y también cuanto estaba pendiente de ser obtenido mediante la venta de los bienes procedentes de la Desamortización y lo que fuera sacado de las futuras desamortizaciones.

Bien es cierto que, entre el final del reinado de Amadeo I de Saboya y el inicio de de la I Republica, tras dos subastas públicas desiertas, el Gobierno negocia directamente con el consorcio financiero, en 1873, la venta de uno de sus bienes más preciados, considerado la joya de la Corona: Las minas de Río Tinto.

 1936: La salida de las reservas del Banco de España

Pese a que existe una abrumadora bibliografía en lo que respecta a ambos bandos de la Guerra civil, en cambio, son muy escasos tanto los estudios como la divulgación de información sobre la Economía de la guerra.
Franco recibió la ayuda financiera de los alemanes, los italianos y el suministro de petróleo de una petrolera norteamericana. Al terminar la Guerra civil, se estima que la deuda del bando nacional alcanzaba los 14.000 millones de pesetas. Franco reconoció esta deuda y con los programas de postguerra, el periodo de la tecnocratización y las divisas generadas por el turismo se terminó por cancelar.

Sin embargo, el bando republicano después de haber enviado, para su depósito a la URSS, las reservas de oro y plata del Banco de España . Se encontró con el crédito cerrado. El Decreto autorizando al Ministro de Hacienda para trasladar las reservas de oro almacenadas en el Banco de España y sus posteriores operaciones han sido estudiadas, entre otros, por Juan Sardá Dexéus y más recientemente por Ángel Viñas.

Acerca de los movimientos que produjeron la pérdida de las reservas metálicas del Banco de España, nos remitimos a la investigación de Ángel Viñas Martín, El oro español en la Guerra civil, publicado por el Instituto de Estudios Fiscales del Ministerio de Hacienda. En aquella época, las reservas del Banco de España eran consideradas las cuartas reservas del mundo.

Como dice Ángel Viñas, la financiación de la Guerra civil supuso que como el dinero estaba en la zona republicana, Juan Negrin, nada más haber sido nombrado Ministro de Hacienda pudo utilizar las disponibilidades procedentes de las requisiciones realizadas a los particulares, a la iglesia, a los conventos, etc. Y de forma especial por medio de las reservas metálicas del Banco de España. En la zona nacional como no existían posibilidades, se confiscaron exportaciones de minerales, búsqueda de préstamos del exterior, donativos en activos en el extranjero, la Suscripción Nacional y las detracciones obligatorias de los haberes de funcionarios públicos.

El día 18 de julio de 1936 la situación de las reservas del Banco de España era la siguiente:

• El montante de billetes en circulación ascendía a la cantidad de 5.451.556.250 de pesetas.

La Ley de Ordenación Bancaria establecía una garantía metálica precisa para la circulación de billetes. Las proporciones eran las siguientes:

• Hasta 4.000 millones en circulación se exigía el 45%, de los que al menos el 40% había que cubrirlos en oro y el resto en plata.

• Desde esa cifra a los 6.000 millones en circulación se exigía el 60%, de los que al menos el 50% debían ser en oro y el resto podía ser plata.

Por este motivo, a esa fecha las coberturas del Banco de España eran de la siguiente forma:

Cuadro 1.1.

Cálculo de la garantía

1

La realidad del Banco era muy saneada como se puede observar:

Cuadro 1.2.

Cálculo del excedente sobre las garantías necesarias del Banco de España

1,2

El inventario físico cuantificado en 2.438.469,720 de pesetas, que formaban las existencias metálicas de oro, se mantenían de la siguiente manera: el oro en caja del Banco era de 2.198.011.014 de pesetas; el oro en poder de corresponsales extranjeros en garantía de créditos era de 204.186.780 de pesetas, y el saldo de corresponsales y agencias era de 36.271.926 de pesetas.

Cuadro 1.3.

1,3

Con independencia del dinero, obras de artes, joyas, etc., procedentes de las incautaciones, el Gobierno republicano hizo uso del dinero propiedad de los clientes y del Banco de España por los siguientes mecanismos:

Con la dimisión de los consejeros del sector privado del Banco de España, infringiendo, según el asesor jurídico del Consejo General del Banco de España, la Constitución de la República, la Ley de Administración y Contabilidad de la Hacienda Pública y la Ley de Ordenación Bancaria , dado que las expropiaciones requerían de una ley especial del Parlamento.

Dentro del propio Banco de España todo fue secreto y oculto porque por Orden Ministerial de 5 de agosto de 1936 se prescribió que quedara en suspenso la publicación de los balances semanales del Banco de España.

• Desde el 24 de julio de 1936 se usó el dinero del Banco España como préstamos al Gobierno y al amparo de dos Decretos reservados (24/07/36; 30/08/36) y otros posteriores (7/10/36; y 04/38) se fue enviando las reservas metálicas a Francia. Esta fue la fórmula por la que las autoridades republicanas dispusieron de forma masiva de fondos en el exterior utilizando el dinero del Banco de España como si fuera del Tesoro Público.

• Conforme al Decreto reservado de 13 de septiembre de 1936, se autorizaba a Juan Negrín, como Ministro de Hacienda, para que depositara las reservas del Banco de España en el país que considerase más conveniente.

Desde el 15 al 21 de septiembre se transportaron 10.000 cajas en camiones hasta la estación y desde allí en ferrocarril al Polvorín de la base naval de Cartagena. El 80% del cargamento, 7.800 cajas, se enviaron depositadas a la URSS, y fueron embarcadas después con rumbo al puerto de Odessa en 3 barcos y, posteriormente, llevadas en ferrocarril hasta Moscú. La mercancía fue recepcionada, entre el 6 y el 10 de noviembre de 1936, en Moscú, en el Depósito del Estado de Metales Preciosos del Comisario del Pueblo en las Finanzas de la URSS, firmándose el acta provisional el día 20 y el acta definitiva el 5 de febrero de 1937.

Los gastos del transporte cuantificados en 88.260 $ fueron atendidos por el soviet y, posteriormente, pagados por el Ministerio de Hacienda.

La operación del oro español fue llevada personalmente por Stalin y para el traslado de las reservas del Banco de España a Moscú se seleccionó personal de su absoluta confianza y una vez el oro llegó a Moscú mandó fusilar a todas las personas que habían intervenido en dicho traslado.

Las 2.200 cajas restantes fueron remitidas en sucesivos envíos, principalmente, a Francia, a través del puerto de Marsella.

• Por último, se hacen otros envíos de plata a Francia y a los EE. UU.

Pese a que en 1936 salen cantidades importantes de dinero de España para ser depositadas y custodiadas en la URSS, son numerosos los trabajos sobre la justificación de la entrega de las reservas de Banco de España en forma de depósito con la venta de material de guerra por parte de la URSS al bando republicano.

El 13 de abril de 1938, se inició el juicio en París por el que la República española reclamaba el oro depositado en el Banco de Francia y conocido por el caso Mont de Marsan. Tras un largo proceso y una vez terminada la Guerra civil, fue reclamado de nuevo otra vez por las autoridades españolas. El Tribunal del Sena dictó sentencia ordenando que el oro depositado en el Banco de Francia fuera devuelto al gobierno nacional español. El 27 de junio de 1939 cruzaban cinco camiones blindados el puente internacional de Irún camino a Madrid con el oro depositado en el país vecino.

 El canje del dinero republicano (del 20 de junio al 15 de julio de 1939)

Durante la Guerra civil española las actividades del Banco de España se efectúan en los dos campos de la contienda, de tal manera que las operaciones de la emisión de la moneda se efectúan en las dos zonas.

En plena Guerra civil se publicaron dos decretos , ambos fueron aprobados el 27 de agosto de 1938 sobre el canje de la moneda de la zona republicana.

En uno se encomendaban al Banco de España las operaciones de canje del dinero puesto en circulación, por la II República de España, antes del 18 de julio de 1936.

En el segundo, del mismo día, se regulaban las condiciones de la operación del canje, prohibiendo expresamente el canje del dinero emitido con posterioridad al 18 de julio de 1936, los certificados de plata y los denominados “talones especiales”, como el papel moneda del Tesoro.

Los ciudadanos estaban obligados a depositar en el Banco de España cuando no fuese posible hacerlo en las oficinas de los Bancos comerciales privados, autoridades militares, funcionarios de aduanas o en los Ayuntamientos el mencionado dinero. Estos a su vez estaban obligados a entregar los fondos recaudados en la oficina más próxima del Banco de España, por lo que se quedaron sin cobrar tanto los acreedores como los que estaban fuera de las condiciones de la conversión.
Realmente, tanto los tenedores de dinero como prestamistas del bando republicano que no reunieron las condiciones establecidas quedaron fuera del sistema establecido para la conversión del dinero.

 


 

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