— Érase una vez, hace más de 120 años… —

 

SERGIO LLEBARÍA SAMPER

Catedrático de Derecho Civil
Facultad de Derecho ESADE (Univ. Ramon Llull)

 


 

Ni es un secreto ni es una revelación de la que tengamos que avergonzarnos que el punto álgido del Derecho civil en la edad moderna bien puede identificarse con su codificación, o mejor dicho, y para nuestro caso, con la promulgación del Código civil en 1889 . Un punto álgido que, en el entorno internacional, venía fraguándose desde un siglo antes , y que provocará que en el mismo converjan una serie de ideales, valores y técnicas cuyo triunfo se asocia a su validez universal, a cierto grado de perpetuidad. Y es por ahí por donde empezarán a notarse las primeras fisuras.

Me remito a las notables reflexiones de dos juristas extranjeros (elección si se quiere caprichosa, pero sugerente en cualquier caso) que han escrito destacando las características en general predicables del movimiento codificador, desde países y sistemas distintos. El primero de ellos, para Francia, señala las ventajas y desventajas del mismo. Entre las primeras apunta OPPETIT la unidad política, la integración social, y la unificación y consecuente mejor conocimiento del derecho. Entre las desventajas, su opinión no deja de ser desoladora: la expansión del positivismo legalista, el abandono del derecho como norma de conducta social independiente de fronteras geográficas o políticas, el olvido del componente histórico en la formación del sistema, la pérdida del valor justicia en sustitución de la norma codificada, la progresiva sectorización en detrimento del derecho común, el regreso en las aulas universitarias a la época de los glosadores, y la confusión entre derecho y orden del soberano .

Para Alemania, menos crítico se muestra LASERRE-KIESOW, quien se limita a examinar las características del proceso codificador: la unificación del derecho, su sistematización, su nacionalización (con la consiguiente pérdida o muerte del derecho común europeo), su politización, su positivización, y su clarificación . No es disparatado compartir algunas de estas críticas, incluso para nuestro Código. Y quizá buena parte de la decadencia que en momentos posteriores se ha llegado a sostener de él, venga precisamente propiciada por su mitificación; es decir, que entre la euforia y el apogeo por su existencia fermentaba su propia “crisis”. La conocida frase de BUGNET es expresiva de toda una actitud y un método: “Je ne connais pas le Droit civil: j’enseigne le Code Napoléon” . Con este exacerbado y sacralizado positivismo no es de extrañar que las respuestas que el Código civil fuera incapaz de ofrecer, sirvieran para alentar cierto pesimismo sobre el devenir del mismo Derecho civil.

El retraso de la codificación civil en España no ahuyentó la sacralización del texto, ni el apego al más marcado positivismo, ni, con todo, los fantasmas acerca de los diagnósticos casi agonizantes sobre la salud de nuestro Derecho civil post-codificado. Y es que, bajo esta comprensión, cualquier paso del Derecho civil que no fuera desde el Código civil, era acogido como un paso contra el Derecho civil, o al margen del mismo. En el primer caso, esos atentados al Derecho civil dinamitaban su propia esencia, produciendo lo que algún ilustre autor tildó de “despedazamiento”

. En el segundo caso, aquella desconsideración hacia el Derecho civil parecía conducirle a una tan subrepticia como irremisible metamorfosis. Su propia evolución parecía condenarle a una muerte o a una transformación contra las que convenía rebelarse. Y así, como tendremos ocasión de comprobar, el anterior siglo ha venido marcado por esa preocupación y hasta insatisfacción ante los derroteros por los que el Derecho civil avanzaba. Nadie que se haya atrevido a reflexionar sobre esta disciplina, ha podido renunciar a calibrar el alcance de aquella muerte o transformación anunciadas, aunque con el paso de los años las conclusiones no hayan sido tan alarmantes ni pesimistas como las de los primeros tiempos.

Y es que sólo desde la nostalgia por unos valores e ideales o desde una interpretación errónea de la función que corresponde al Derecho civil, puede uno pertrecharse bajo el desaliento de su pretendida desnaturalización. Se olvida nuevamente la más absoluta accesoriedad del Derecho civil respecto de la evolución y devenir social .

Comments are closed.