— La crisis de valores —

Dr. Lorenzo Gascón

Vicepresidente y Académico de Número de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras.

Miembro del Consejo Científico de ESERP


Cuando mi amigo, el Catedrático de la Universidad de Barcelona y Presidente de Honor de ESERP, el Dr. Alfredo Rocafort, me pidió una colaboración a la Miscelánea que estaba coordinando en homenaje a D. José Luis Barquero Garcés, Presidente de la Escuela Universitaria de Negocios ESERP, acepté encantado de participar.

Todo lo que sea rendir tributo a una vida dedicada a la enseñanza merece el máximo reconocimiento. La docencia es una de las labores más nobles que un hombre puede llevar a cabo en este mundo. Y de más responsabilidad por las consecuencias que implica para la sociedad.

Pienso que los intereses de buena parte tanto de los científicos como de los profesionales que se encuentran al final de sus carreras, sus intereses gradualmente derivan hacia temas de tipo global apartándose paulatinamente de aquello que podríamos calificar como especialización.

Es por esta razón que he escogido como tema el de la crisis de los valores en el mundo actual.

En la vigésima segunda edición del último Diccionario de la Lengua Española define la moral “como la ciencia que trata del bien en general”.

Asimismo define la ética como “el conjunto de normas morales que rigen la conducta humana”.

Digamos que tanto la moral como la ética están ausentes en la mayor parte de las actividades. Y deben ser restauradas.

A título de ejemplo, quién intenta decir algo, hoy en día, sobre la globalización no puede remediar enfrentarse con la crisis existente, que abarca no sólo el mundo de la economía sino de los valores morales sobre los que debiera basarse el normal funcionamiento de la sociedad.

A principios de esta semana, Jorge Fernández Díaz, Ministro del Interior del Gobierno de España, pronunció en Barcelona un emotivo discurso en ocasión del veinticinco aniversario de la tragedia del sangriento y salvaje atentado al Centro Comercial Hipercor.

Decía el Ministro que el origen del desarraigo social y desprecio a los más elementales valores morales que sufre la sociedad occidental habría que buscarlo en los acontecimientos del 1.968.

Coincido y me adhiero totalmente a su reflexión.

Recientemente, el día 7 del presente mes de junio, en el curso de una conferencia que pronuncié en la Academia Montenegrina de Ciencias y Artes, en Podgorica, glosé la crisis de valores del mundo en que vivimos, iniciado en los años sesenta en las Universidades y que se fue extendiendo a las Iglesias, al sistema escolar y al Ejército.

Entre los impulsores del movimiento existencialista y de destrucción de la estructura familiar y social, hay que citar entre otros a Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y al filósofo judío de origen alemán Herbert Marcuse que profesó sucesivamente en las Universidades de Harvard, Columbia y Berkeley. Fue el difusor del llamado freudo-marxismo.

Y, naturalmente, habría que retrotraerse al filosofo, periodista y fundador del Partido Comunista Italiano, Antonio Gramsci.

Hoy en día la crisis se ha extendido, también, a los pilares del poder político.

Una condición indispensable en la relación humana es la credibilidad. Sin tratar de ofender a ninguno de los políticos de la sociedad global en que vivimos, es fácil observar en que medida mengua la autoridad personal e institucional si el ciudadano se ve defraudado en sus expectativas.

En la superación de las crisis, el primer paso es siempre el más difícil. Una vez alcanzado y experimentado el éxito visible de las primeras medidas, entonces crece la confianza en el propio esfuerzo y la seguridad en los que dirigen la sociedad. El segundo paso es ya más fácil y el principio de superación de la crisis es ya un hecho.

El que fue Presidente de Alemania, Prof. Doctor Horst Köhler, afirmaba que los fundamentos del éxito se reducen pura y simplemente al restablecimiento de la confianza.

Con todas las esperanzas que conlleva, el origen griego de la palabra “crisis” tiene su causa, en gran medida, en la enfermedad más grave que padece nuestro mundo: la carencia de virtudes morales. Sobretodo, las cardinales. Prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

O estas virtudes recuperan su supremacía en cada persona –hombre o mujer- o la sociedad se precipitará, fatalmente, en el caos.

Se ha dicho mucho sobre los síntomas de las crisis históricas. Especialmente en nuestros tiempos, la falta de compromiso con las pautas de valores, que antaño eran indiscutibles, pertenece tanto a los síntomas de una crisis como a la pérdida de prestigio de la Autoridad establecida.
Cada vez que en la historia ha sido puesta en duda la Autoridad reconocida –y esto es válido tanto para los cónsules romanos como para el Papa hacia finales de la Edad Media, así como para el Rey en vísperas de la Revolución Francesa- la sociedad se sumerge en una crisis general.

Sospecho que no es posible encontrar una respuesta válida y terminante del porqué. Como siempre en la historia, no existe ninguna monocausalidad, sino un sistema muy complejo de diferentes causas de retroceso que es difícil poder deslindar.

Lo que si es cierto es que en buena medida se han ido descubriendo las prácticas irregulares y dolosas. Sus consecuencias están a la vista en las Bolsas, en la confianza de los inversores, en la reducción del consumo de los ciudadanos al haberse volatilizado buena parte de sus ahorros y, en fin, en lo que denominamos economía global.

El mundo actual es hoy una economía casi única. Las medidas y los estímulos no pueden funcionar sin coordinación.

Años y años de operaciones arriesgadas y desregularizadas han expuesto a las grandes corporaciones financieras e industriales a pérdidas colosales.

Se trata de una estructura de mala dirección. Y, a menudo, corrupta.

Y despilfarro y mal gobierno con presupuestos fuera de control.

Quien quiera que trate de decir algo hoy en día referido a la globalización, no puede evitar encararse con la crisis existente, que no sólo abarca el ámbito económico y político, sino, también los valores morales sobre los cuales la sociedad debiera basar su normal quehacer.

Michael Elliot en el World Economic Forum celebrado en Davos en el año 2009 dijo que la economía global ofrecía un panorama poco atractivo.

Una de sus principales manifestaciones es la crisis de la ética. En la indiferencia hacia cualquier norma moral.

El objetivo para muchas corporaciones es la maximización de los beneficios. Como dicen muchos americanos; “greed is good”.

“He who has the gold, makes the rule”.

Aquí, habría que hacer la crítica del dominio de la economía por parte de unas cuantas multinacionales que, incluso se atreven, y realmente están en posición de poder dictar a los políticos lo que deben hacer.

Las mareas financieras en este mundo global llegan hasta el último rincón. Nadie es inmune. Las quiebras desprovistas de cualquier atisbo de ética están haciendo descarrilar los mercados globales.

Y, encima, aquellos que han sido los causantes del problema reciben increíbles sumas de dinero en forma de salarios o bonos con el dinero de los que lo han perdido por su culpa o del Gobierno.

Las instituciones requieren confianza y credibilidad. Cuando estas condiciones se ignoran, o se las falsea, todo el sistema se hunde.

El profesor Koslowski califica la ética como un factor corrector de las carencias de la economía. Es decir, una corrección de la racionalidad económica.

La racionalidad económica, como tal, implica una racionalidad de los hechos desprovista de ética. Esto es, puramente económica.

Más que el dinero y la política, las ideas deben ser el núcleo duro de las posibles soluciones. Y éstas, principalmente, deben basarse en la ética en este hiper poblado planeta con un destino común.

El Papa Benedicto XVI en su Encíclica “Caritas In Veritate” publicada en julio de 2009 dice que “frente a la crisis que la economía globalizada está sufriendo, la Iglesia no tiene propuestas técnicas que aportar pero sí que posee soluciones éticas.

Cabe añadir, además que la ética reduce costes. La erosión de la confianza en los mercados debe superarse.

La ética es el concepto clave junto con el ejemplo personal que han de transformarse en las herramientas idóneas para superar el actual estado de crisis.

La Cerdanya, 24 de junio de 2012

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