— La inestabilidad permanente —

Dr. Ramón Adell

Catedrático de Economía de la Empresa (UB)
Presidente de la “Societat d’Estudis Econòmics”
Vicepresidente de CEDE


Siempre se habla del cambio como la palabra “mágica” que justifica de forma permanente el estado del mundo. Recordamos a nuestros abuelos contar los grandes avances ocurridos desde su infancia, sentimos cercanas las expresiones de nuestros padres respecto al salto que el mundo ha dado; muy posiblemente, nosotros repetiremos la historia con nuestros hijos. Y nada de eso es falso. Ciertamente, y por fortuna, el mundo sigue avanzando en el progreso. Sin embargo, sí es destacable una diferencia: la aceleración de ese proceso, que se ha multiplicado exponencialmente en los últimos años. Las cosas siempre han cambiado, pero nunca a la velocidad que las actuales generaciones estamos viviendo.

El mundo de la empresa, y muy en especial las tecnologías de la información, son protagonistas esenciales de ese proceso. La empresa del futuro no puede dejar de afrontar el trascendental cambio de las sociedades modernas en el último siglo: el paso de una sociedad dividida en clases irreconciliables, en la cual una gran mayoría era condenada por los poderosos a la ignorancia, a una sociedad en la que el conocimiento y la información están al alcance de todos, sustituyendo la tradicional lucha de clases por los conflictos de intereses.

Las nuevas tecnologías definen una forma de trabajar distinta, el acceso a los mercados se simplifica y los cambios en el tratamiento de la información hacen posible que el intercambio de conocimientos, productos y servicios sea rápido y transparente. La información adquiere pues una importancia vital y, más allá de una oportunidad de futuro, su adecuado desarrollo en nuestras empresas se convierte en una necesidad inapelable a la que hay que prestar atención, con vocación de continuidad, y antes de que este nuevo reto pueda afectar a nuestra competitividad. La empresa no solamente crea valor de forma interna, sino colaborando con los mejores y abriéndose al mundo de la forma más eficaz. Son las nuevas reglas del juego, de un juego que la historia nos ofrece vivir en un momento apasionante. Porque ese escenario, difícil y complicado en muchas ocasiones, es también una gran oportunidad. Nada es para siempre, y lo que no se revisa, se deteriora.

A veces nos parecerá que todo escapa de nuestro control, que en poco tiempo debemos gestionar demasiada novedad …… Pero esa será la forma habitual de trabajar para el nuevo directivo. Manteniendo el equilibrio entre el humanismo y la tecnología, desaprendiendo para aprender de nuevo, cambiando la comodidad de la rutina por la necesidad de replantearlo todo de forma permanente, con optimismo, convirtiendo la vida en un misterio por descubrir y no en un problema por resolver. Ninguna idea es descabellada y cualquier sueño puede ser factible. Con crisis o sin ella.

Ese escenario solo es asumible con el sincero convencimiento de que deben cambiar nuestras prioridades. La mayor parte del tiempo de nuestros directivos se dedica hoy a comunicar: con los clientes, con los proveedores, con el equipo, con los accionistas …, con todos los “stakeholders” que rodean nuestra actividad. La habilidad y el compromiso para hacer de la comunicación interna y externa un factor estratégico en la empresa se convierte en una prioridad.

Al mismo tiempo, el entorno de trabajo también ha cambiado considerablemente …. Y no solamente a causa de la globalización, sino por la importancia de una herramienta mucho más personal: la gestión del tiempo. Es vital. Hace años, el problema del directivo era encontrar la información; ahora el problema real es doble: en primer lugar, transformar la información en conocimiento estableciendo prioridades a un exceso de inputs permanentes; en segundo lugar, saber encontrar las pistas para transformar ese conocimiento en rentabilidad. Cada vez más, los directivos serán valorados tanto por su formación como por sus habilidades directivas y, entre ellas, la gestión del tiempo, el tratamiento de la información y la capacidad para comunicar, serán vitales.

La mejor marca de un país son las empresas y la mejor marca de una empresa son sus directivos. Pero solamente si esos directivos, además de hacer que las cosas pasen, saben explicar que han pasado y porqué han pasado. Es el reto permanente. Como bien decía el admirado directivo y humanista Pere Durán Farell, “no dediquemos nuestro tiempo a estudiar porqué pasan las cosas que pasan; preguntémonos porqué no pasan las que podrían pasar”.

10 de Julio de 2012.

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