— Reflexiones sobre la economía del conocimiento —

Enric I. Canela

Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular y Director de la Escuela de Doctorado de la Universitat de Barcelona


 

Cuando se habla de economía, una de las cosas en las que todo el mundo está de acuerdo es que sin innovación no hay ninguna posibilidad de competir en un mercado globalizado. Las empresas de nuestro entorno deberían dar cada vez más importancia a aspectos relacionados con el aumento del valor añadido de sus productos o servicios ya que de otro modo, a causa de los menores costos de mano de obra de países de otras zonas, les será imposible competir en condiciones adecuadas.
Hace unos años, en algunos países, una parte importante de lo que se denominaba innovación no era mucho más que una copia de lo que se estaba realizando en otros tecnológicamente más avanzados. En mercados relativamente cerrados y con una globalización escasa, en países que tenían una mano de obra relativamente barata, este tipo de innovación local permitía competir sin demasiadas dificultades con los productos y servicios del propio ámbito de influencia.

Sin embargo, en los países de nuestro entorno económico, más desarrollados, los profundos cambios derivados de la globalización que, entre otras cosas, comportaron la obertura de los mercados y la eliminación del proteccionismo, han arruinado este modelo “innovador” y lo han desplazado a países donde el coste de la mano de obra es más bajo. Ahora, en todo aquello que se puede transportar y no tiene el mercado cautivo, hay que innovar para poder competir internacionalmente.

Desgraciadamente Catalunya, tradicionalmente dinámica y moderadamente innovadora, se encuentra en una situación de debilidad respecto a sus competidores globales. Catalunya, en tiempos más emprendedora que otras zonas del Estado, tenía a su alcance el mercado español. Hoy esto ya no es así. Las cosas han cambiado substancialmente y a la vez que los mercados españoles acceden a otras fuentes, Catalunya ha diversificado sus mercados. Esto no sería malo, al contrario, pero su atractivo en los mercados ha disminuido notablemente, básicamente por tener un bajo índice de competitividad y una capacidad de innovación empresarial muy por debajo de la de sus competidores.

Sobre este punto las estadísticas nos dan alguna información significativa. Los últimos datos consolidados sobre I+D, que corresponden al año 2010, indican Catalunya dedicó un 1,63% del PIB a I+D mientras que en el año 2009 había dedicado un 1,68%.Todo y ser un valor superior a la media estatal (1,39%), se trata de una preocupante disminución ya el índice está todavía bastante alejado del 2% que dedicó, en promedio, la Unión Europea de los 27. Probablemente, los datos del 2011 y el 2012 incrementarán está distancia a causa de una crisis económica más acentuada en España.

Aunque pudiera parecer que este valor no dista demasiado de la media, el resultado es francamente malo ya que hay que tener en cuenta a los países más recientemente incorporados, que si bien algunos dedican menos, la mayoría tiene un coste de obra mucho menor. El dato es especialmente malo si se considera que los países con los que hay que competir invierten más del doble en investigación y desarrollo. Los datos, fríos, aislados, quizá no tengan demasiada utilidad, pero cuando se compara su evolución con la de los competidores inmediatos las cosas cobran sentido. El gasto catalán en I+D no sólo no converge a los de los de los países más desarrollados de la Unión Europea sino que se aleja. Se abre una brecha entre países como Catalunya frente a países como los nórdicos que invierten más del doble.
Cuando analizamos la distribución del gasto en I+D en Catalunya, se observa que en el año 2010 un 43% procedía del sector público, incluyendo las universidades. Esta distribución en la que más de una tercera parte de la inversión en I+D procede del sector público y sólo un 56% del sector privado no es adecuada y además es inferior baja a la de años anteriores.

¿Pero por qué no se innova en Catalunya? No es nada fácil dar una respuesta correcta, ya que debe haber muchas causas y todas ellas relacionadas. Lo que si hay es una respuesta obvia e inmediata. Quienes dirigen o dirigían las empresas -muchas han cerrado sus puertas- decidieron no hacerlo porque prefieren dirigir sus inversiones a aquellos aspectos del negocio que les rindan beneficios a corto plazo para satisfacer a sus propietarios o accionistas, frente a otros más inciertos derivados de la investigación. La innovación sólo se produce cuando es ya imprescindible para competir, aunque a veces la decisión llega tarde y no es posible acceder a capital suficiente para hacerlo.

Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la investigación, el desarrollo y la innovación, aunque puede ser objeto de substanciales ayudas y desgravaciones fiscales, requieren disponer de recursos económicos, bien propios, bien obtenidos a través del endeudamiento. Hace unos años la economía vivía un período aparentemente bueno aunque ya comenzaba una cierta desaceleración, el dinero era barato y fácil obtenerlo. Un buen momento para invertir en I+D, potenciar los productos con valor añadido y prepararse para los momentos más difíciles, pero la empresas, en general, a pesar de las campañas de incentivación no percibía de forma suficiente la necesidad de innovar.
La experiencia dice que, desgraciadamente, la mayoría de las empresas solamente se deciden a invertir cuando las circunstancias les obligan. Quizá hoy esto no sería tan grave si el momento no coincidiese con una enorme restricción del crédito.

Estamos pues en un momento crítico para la I+D+i empresarial. La Cámara de Comercio de Barcelona ya estimaba el año 2007 que las cosas podrían empeorar por las dificultades que tendrían las empresas para obtener crédito, a causa de la incipiente crisis financiera, cosa que limitaría el gasto en innovación. Esta organización empresarial preveía una disminución del número de empresas innovadoras del 40% al 34% entre el 2008 y el 2009.
El hecho es que cuando las empresas se han encontrado con dificultades y han necesitado crédito para la inversión se han hallado con un sistema financiero cerrado y sin ninguna ayuda real de la administración pública. Las pocas ayudas existentes la mayoría de las veces requieren avales que sólo están al alcance de aquellos que no requieren financiación urgente. Este hecho contrasta con lo que ocurre en Estados Unidos, paradigma del tan criticado capitalismo, donde la administración ha intervenido de forma efectiva para salvar las empresas más emblemáticas.

Conviene dar una nota de alerta. El desastroso modelo económico español, dependiente de la construcción, nos ha sumido en una crisis mucho más profunda que la de otros países europeos y la recuperación será más lenta. Cuando los países líderes salgan de la crisis y vuelvan a crecer, el dinero se encarecerá cosa que dificultará aún más nuestra salida. Esto es ya un hecho obvio porque aunque el Euribor esté bajo, no ocurre lo mismo con el crédito a la inversión.

En todo caso, resolver los problemas requiere conocer las causas para evitar volver a caer en el futuro en los mismos errores. ¿Por qué los directivos deciden no innovar cuando el mercado es favorable? ¿Por qué son tan reticentes? ¿Por qué no hay más transferencia de conocimiento, más innovación?
No se si la mejor manera de explicarlo sea inventar un ejemplo de algo que me resulta próximo. Imaginemos una empresa del ámbito de la alimentación, tienen en sus manos una substancia obtenida como un subproducto en la elaboración de un zumo de frutas. Descubre que esta substancia tiene la propiedad de, por ejemplo, reducir la hipertensión o reducir la concentración de glucosa en sangre en caso de ligera hiperglucemia. Piensan que se podría añadir a alguno o a varios de los productos alimenticios que comercializan. No la comercializa ninguna empresa en el mundo como nutracéutico o alimento funcional. Sería un producto de valor añadido relativamente elevado. Estudian la legislación española y europea, hacen sus consultas, se dan cuenta que para hacerlo se precisa que la Comisión Europea lo autorice y que para ello deben aportar pruebas científicas de lo que pretenden decir en sus alegaciones, o sea que virtudes atribuyen al nuevo producto, y de su inocuidad para la salud. ¿Cómo hacerlo? Se asesoran con profesionales de la universidad.

Estos les dicen que deben hacer una serie de ensayos clínicos que para que sean significativos podrían costar aproximadamente 60.000 euros. La empresa empieza a regatear. Lógicamente los ensayos clínicos tienen unos costes y cuantos menos voluntarios se utilicen en los ensayos menos significación tendrá el resultado estadístico. Al final lo descartan, es caro. Todo queda en nada. Esta misma empresa, que se tiene por innovadora, decide, para ampliar su negoció distribuir un producto de una empresa extranjera. Para introducirlo en el mercado se gasta 600.000 euros en publicidad. Su margen comercial es menor del que tendría con un producto propio.

¿Por qué ha renunciado cuando el coste añadido de la investigación como mucho, una vez aplicadas las desgravaciones, le podría representar a la empresa no más allá del 5% de lo que le cuesta una campaña en la televisión? ¿Cuál es el riesgo? ¿Qué el producto no funcione? La verdad es que resulta difícil de explicar. Podría tener sentido si el coste de la investigación representase un porcentaje mucho mayor y un tiempo muy largo. Sería el caso de la industria farmacéutica. En este caso sólo se puede explicar por la aversión al riesgo, por la poca cultura emprendedora de los directivos.
También hay que decir que la política española en casos como la industria farmacéutica perjudica la inversión en investigación. Algunas de las políticas encaminadas a reducir la factura de la seguridad social comportan también la desincentivación de la inversión y que ésta ser realice en otros países. Es necesario encontrar el equilibrio.

Y hablando de la política a favor de la investigación y el desarrollo no puedo menos que citar algo que sucedió hace pocos años. Se hizo público que la Fuente Europea de Neutrones por Espalación no se instalaría en Bilbao sino en la ciudad sueca de Lund, ya que en una votación preliminar, la candidata sueca obtuvo los votos de Alemania, Francia, Polonia, Dinamarca, Noruega, Estonia, Letonia, Italia y Suiza y solamente Portugal votó por la capital vasca.

Parece que las razones que impulsaron a los gobiernos europeos a preferir la ciudad sueca a la vasca están relacionadas con la escasa credibilidad que tenía el Estado español tenía en temas de investigación, desarrollo e innovación –ahora tiene menos. España sólo dedico en el año 2007 un 1,27% de su PIB a I+D+i, mientras que los suecos dedicaron prácticamente el triple un 3,64%. A pesar del notable esfuerzo que estaba haciendo en Euskadi en I+D, con una inversión que era del 1,65%, líder en el estado español, y de su creciente credibilidad, no fueron suficientes para compensar la poca confianza que inspiran las erráticas políticas del gobierno español. Este hecho es especialmente grave porque, sin lugar a dudas tenía otras ventajas, las condiciones de aquel momento permitirían que la instalación en Bilbao comenzase a ser operativa mucho antes que en Lund.

Posteriormente, deprisa y corriendo, el gobierno español llegó a un acuerdo con el sueco para que las instalaciones de diseño y fabricación de los aceleradores, laboratorio de pruebas y una estación de acceso remoto se instalasen en la ciudad vasca. Aunque el resultado de esta negociación fue positivo y el País Vasco obtuvo el premio de consolación –hoy se está construyendo un acelerador de partículas secundario, esto no deja de ser una muestra más del triste futuro que le espera a la economía del conocimiento en España si no se producen cambios radicales., cosa que no se vislumbra.

Catalunya, aunque con limitaciones, tiene capacidad para crear su propio sistema de I+D i también de innovación. En el último decenio se han creado diferentes centros tecnológicos, institutos, parques científicos, parques tecnológicos, parques cientificotecnológicos, clústeres, plataformas, un conjunto de herramientas, todas ellas válidas pero a mi entender demasiadas, sin orden ni concierto. En el ámbito de la investigación más básica, ni las universidades ni el gobierno han sido capaces de establecer prioridades y siempre ha prevalecido una sola política “café para todos”. Únicamente ha habido una excepción: Andreu Mas-Colell que desgraciadamente estuvo demasiado poco tiempo al frenare del departamento d’Universitats, Recerca i Societat de la Informació.

Aunque quien le sucedió procuro mantener algunos de sus proyectos, especialmente de investigación, la posterior política de vuelo gallináceo hizo que las cosas acabaran mal con la desaparición de un departamento específico capaz de planificar en un ámbito tan sensible para la economía del conocimiento. Hoy vuelve a estar Mas-Colell al frente del departamento responsable de la investigación, pero las circunstancias hacen que deba dedicarse a otros menesteres, como buscar el dinero para pagar las nóminas a final de mes y que, además, no tenga recursos para otra cosa que para evitar que lo que se construyo entonces no se hunda completamente. Esperemos que lo consiga.
¿Por qué las cosas no han funcionado? Una razón ya la he indicado, poca sensibilidad empresarial para la innovación. Contaba un emprendedor del ámbito químico que lo que falla en la transferencia de conocimiento entre universidad y empresa es la demanda empresarial. En Catalunya hay un buen potencial investigador, bastante descoordinado, pero capaz de publicar en las mejores revistas científicas internacionales, capaz de triunfar en los mejores centros americanos, pero que no consigue despertar el más mínimo interés por las empresas. ¿Por qué?

Las universidades y las empresas se nutren de personal que procede de una misma sociedad, básicamente la catalana. Los universitarios no lo son porque quieran ser emprendedores, los empresarios si. No es demasiado lógico demandar mayor espíritu emprendedor a los universitarios que a los empresarios. Es cierto que en países con los que competimos la creación de empresas spin of, fruto de la investigación, es mayor y hay más patentes, pero también lo es que las empresas investigan y crean muchas más start up que las de aquí. Seguramente haya una proporcionalidad entre ambas cosas, pertenecemos a la misma sociedad.

También es cierto que las universidades podrían hacer más con mejores herramientas de gestión interna. Se puede atacar a las universidades pero hay una tozuda realidad, las normas que las rigen hacen imposible la gobernabilidad, algo que hay que agradecer al gobierno del Estado. Ya en aquellos primeros años de democracia decidieron hacer una ley a favor del asamblearismo y contra cualquier tipo de gobierno, seguramente por reacción a la dictadura, los resultados hablan por si solos. Nadie se atreve a modificar las cosas. Criticar si saben pero hacer lo que deben no.

Dejo para el final un aspecto que no puede paliar la falta de espíritu emprendedor pero si crear las condiciones. Como he indicado Catalunya dispone de algunos instrumentos, pero los recursos que disponen son ridículos y también carece de las herramientas financieras necesarias. Con un modelo de financiación como el actual una parte importante del PIB en lugar de destinarse a la I+D+i desaparece y se redistribuye por el Estado. Catalunya tiene menos recursos por habitante que los ciudadanos de otras partes del Estado. Por otra parte tampoco dispone de suficientes herramientas financieras. Si que es cierto que podría crear más incentivos financieros, pero, ¿con que recursos?

¿Qué soluciones tenemos? Yo creo que de largo alcance sólo hay dos, más recursos económicos aplicados a la I+D+i des del sector público y una apuesta por crear más espíritu emprendedor entre los jóvenes, desde niños, un profundo cambio cultural y una mejor educación. Desgraciadamente Si miramos otro indicador vemos que el gasto público en educación era el año 2008 del 3,8% del PIB en Catalunya, mientras que la media española era del 4,6 % y la de la Unión Europea del 5,1%. Los datos, no consolidados aún, indican que en Catalunya el porcentaje del PIB dedicado a Educación ha disminuido más que en otros lugares y la brecha ha aumentado. Difícilmente un país puede avanzar en la economía del conocimiento si no invierte en educación.
No hay recetas mágicas que cambien los comportamientos. Tendremos que favorecer a los que quieren ser emprendedores y crear las condiciones para atraer otros de fuera de nuestras fronteras. Es lo único que se puede hacer a corto plazo, pero no hay que olvidar el futuro.

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