— Un mundo nuevo, un diferente universo. —

Moldear el espíritu depende de uno mismo, de tomar esa decisión y cumplirla. Pero, a partir de ahí, todo lo que sigue tiene que ver con los demás: el crecimiento, el conocimiento, la ética, la comunicación y el sentido social son conceptos que marcan el sentido moderno de espiritualidad, de consciencia de la necesidad de mejora constante. Hoy en día nadie pretende crecer por dentro sin dominar el crecimiento por fuera, hacia la sociedad, el mundo, el universo.

Moldear el espíritu ya no corresponde a grandes moralistas ni a extensos libros, sino que tiene que ver con nuestro contacto con otras vidas. Dicho en el lenguaje del Dr. Edward L. Bernays , tiene que ver con hacer coincidir el interés privado, crecer, con el interés público: a los demás tiene que convenirles de que uno crezca, y viceversa. ESERP desarrolla ese objetivo desde hace más de 25 años, un cuarto de siglo que ha servido para que la misma Escuela y Fundación Universitaria moldee su propio espíritu: 25 años de enseñar, transmitir y compartir a 25 generaciones.

ESERP, junto con sus alumnos y profesores, ha enseñado y transmitido mucho. Ha crecido mucho. Se ha moldeado así misma con un estilo propio caracterizado por enseñar a sus alumnos entre otras cosas, dos muy importantes y de las que nos sentimos muy orgullosos; una es el dotar al alumno de experiencia profesional que le permite resolver problemas y la otra, que el alumno sepa realizar un proyecto formal o una campaña que le permita generar riqueza a la empresa y sociedad.

Este libro explica el porqué y el cómo de ese crecimiento. ESERP como escuela, pero ESERP como alumno. Preparada, gracias a tantas personas, para afrontar nuevos retos y conquistar nuevos horizontes. Expandiéndose como los espíritus nobles, expandiéndose como el saber. Expandiéndose como el Universo.

La revolución comunicativa y tecnológica

Si el Doctor Bernays, Presidente de ESERP, escribió el libro ” Cristalizando la Opinión Pública ” (1923), ¿podríamos intentar radiografiar hoy los cambios en la enseñanza desde 1986 hasta 2010, tanto en Ciencias Sociales y Económicas como en cualquier otra disciplina? ¿Qué ha pasado durante los 25 años que han transcurrido desde el primer embrión de la idea de ESERP? ¿Qué ha sido de las personas, del conocimiento, de las sociedades, de la tecnología y del concepto de educación? Dicho de otra forma, ¿qué ha sido del saber y del Universo?

Directiva ESERP

Directiva ESERP

Evidentemente, la macropolítica y la macroeconomía son radicalmente diferentes: pero de ellas hablaremos más adelante. Lo que nos ocupa ahora mismo es la dimensión humana del cambio, la gran diferencia entre el hombre y la mujer de principios del siglo XXI y de finales del XX. La clave de este cambio puede buscarse en la economía, en la política o en los avances científicos que incluso alguno de estos ha nacido en nuestras aulas pero básicamente la revolución a nivel humano ha consistido en un aspecto básico: la comunicación.

Diríase que el mundo, especialmente el occidental, haya descubierto que el resto del mundo existe. Diríase que la globalización ya existía cuando se tuvo la capacidad de “redondear” el planeta, es decir, de contar con la geografía de más allá de los océanos. Los países podían comerciar los unos con los otros desde que la cartografía pudo abarcar todos los territorios, digamos que aproximadamente desde que se terminaron de descubrir y conquistar las últimas tierras del Pacífico. Desengañémonos: el siglo XIX y XX han sido siglos globalizados. La “globalización” no puede considerarse de ningún modo una “novedad” strictu senso si se tiene en cuenta que es en el siglo XX cuando se suceden las dos Guerras “Mundiales”. Mundiales significa mundiales.

Está claro que no es cosa de este nuestro siglo el hecho de tener en cuenta a los demás, a nivel comercial y a nivel político, pero también a nivel cultural: la globalización ha sido un proceso creciente, que alcanza su cúspide en el siglo XX al final de la llamada Guerra Fría: decimos que el XXI es el siglo de la globalización pero es en el XX, paradójicamente, cuando el mundo se divide prácticamente en dos bloques. Y cuando, tras la “caída” de los muros y el “desmayo” de las estatuas comunistas (ponemos estos términos entre comillas porque los muros y estatuas no “cayeron”, sino que fueron derribados) el mundo occidental llegó a perder su semántica, es decir que expandió su forma de vivir la mayor parte del continente asiático, esa percepción de “homogeneidad” (asumiendo el riesgo del término) se incrementó de forma clara.

De hecho el término “globalización” se acuña durante los años 30, para referirse a una concepción global de la educación. Y fue en los años 60 cuando se popularizó el término en las ramas de la economía y la sociología, llegando a su esplendor durante los años 80. Y ya en los 90 era difícil encontrar discursos políticos, económicos o académicos que no empezara (dejando a un lado la originalidad) por frases del tipo “en un mundo cada día más globalizado…”. Es decir, el término derivó en coletilla: pero sus antecedentes más antiguos continuaban encontrándose en los grandes movimientos comerciales e imperiales entre Asia y el Océano Índico desde el siglo XV.

Pero si eso es así, en definitiva, ¿por qué es ahora justamente cuando hablamos de globalización? ¿Qué es lo que queremos decir exactamente?

Queremos decir dos cosas: a nivel socioeconómico, queremos decir eliminación de barreras aduaneras y creación de grandes espacios de libertad de circulación de personas y de bienes. Es decir, queremos decir Unión Europea: Estados Unidos y la URSS eran entidades que integraban vastos territorios de libre circulación y en cambio Europa, entre ambos polos confrontados, era una compleja amalgama de soberanías y culturas demasiado acostumbradas a guerrear entre ellas. A ello se suma una progresiva “desnacionalización” de varios servicios públicos, una progresiva liberalización de sectores hasta entonces reservados a omnipotentes Estados soberanos (telefonía, electricidad, sanidad, infraestructuras de transporte…). Un fenómeno que se produce progresiva y simultáneamente en casi todo el mundo “occidental”. En resumen, a nivel socioeconómico la globalización es un proceso de desregulación que sucede en casi todos los países euroasiáticos y americanos, aunque a ritmos y niveles distintos.

Estos procesos incrementan, sin duda alguna, la intercomunicación y las interdependencias; estimulan los movimientos migratorios; propician la creación de fusiones empresariales a nivel internacional y una redimensión de las grandes compañías; dejan en un segundo término las omnipotencias estatales y en definitiva “liberalizan”, dentro de lo posible, la actividad económica y social dejando, teóricamente, un campo de actuación más “democrático” o más basado en la libertad de los individuos. Pero sin duda las consecuencias más considerables van a consistir en un profundo “cambio cultural” que se basa sobre todo, como ya hemos apuntado, en la preponderancia de la comunicación.

La globalización es un término incluso ya anticuado: lo que sucede hoy, a principios del siglo XXI, es un fenómeno más ligado al cambio de cultura y a la revolución tecnológica. Internet y la telefonía móvil han comportado unos cambios tan o más importantes que la aparición del ferrocarril o la universalización del suministro eléctrico. La verdadera revolución tecnológica que hemos vivido a partir de los años 90 no se ha producido en el campo de la maquinaria fabril, ni del transporte, ni de la medicina (a pesar de los incontestables progresos en estos campos). La verdadera revolución tecnológica de nuestra era, que cambia los procesos productivos pero también los hábitos sociales y el acceso al conocimiento, es una revolución fundamentalmente comunicativa.

Basada en la facilidad para el intercambio de información, una facilidad que ha llegado a la inmediatez y a la práctica ausencia de límites. Ni geográficos, ni culturales, ni de dimensión. Hoy en día el conocimiento se ha democratizado, ha roto las puertas de las bibliotecas y las aulas, ha gritado por primera vez en la historia “estoy dentro de cada casa y tengo previsto expandirme por todo el mundo”. Por primera vez, pues, una persona sola puede organizar todo un movimiento sin salir de casa. Lo cual incluye, por supuesto, el revolucionario movimiento del crecimiento personal. Del aprendizaje.

Sin darnos cuenta, por ejemplo, hemos decidido a nivel mundial que la herramienta básica de trabajo comunicativo será principalmente una: el idioma inglés. Sin duda eso se debe al papel principal de los Estados Unidos en economía y en política (sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial), pero también a la incapacidad de otros sistemas lingüísticos para seducir a los demás y para cobrar la versatilidad que requieren las nuevas tecnologías. Lo cual se traduce en: “aprenda usted inglés si quiere hacer algo en la vida”, una expresión que ya tenía fundamento a mediados del siglo XX pero que hoy ya es de una obviedad aplastante. Con sus consecuencias culturales y sociales, evidentemente.

El aprendizaje es hoy, debido a esta desarrollada globalización y a esta revolución tecnología, cosa de comunicar. Entiéndase esto no sólo como la clase magistral en que el profesor se comunica adecuadamente hacia los alumnos, algo que sin duda es indispensable, sino sobre todo como una responsabilidad de todos los alumnos tanto dentro como fuera del aula. Hoy no se trata sólo de comunicar bien, ni de comunicarse bien: hoy se trata también de estar bien conectado, de estar permanentemente conectado y de facilitar que los demás conecten con uno mismo. Desde el púlpito o fuera de él. Esa es la verdadera clave del cambio en términos de educación hoy en día.

Hemos dicho ya que hoy la sociedad y el individuo se relacionan a través de redes: no sólo tecnológicas. La “World Wide Web” permite intercambiar documentos, dinero o imágenes en tiempo real a cualquier lugar del mundo, ya sea por páginas web, e-mails, chats o instrumentos de redes sociales; pero también la telefonía móvil ha transformado nuestra relación con el mundo, habiéndose transformado los móviles en verdaderos ordenadores personales portátiles, que sólo se tienen que desenfundar para abrir el mundo al individuo y viceversa. Y más allá de informática y telefonía, las redes se desarrollan entre personas, empresas, entidades y gobiernos para crear espacios comunes de colaboración. No es que la ONU sea una organización más eficaz en nuestro siglo, pero sí que la cooperación internacional (la soberanía todavía pinta algo en nuestro mundo) se ha convertido en la mejor herramienta de progreso en términos económicos, políticos o militares. Las Universidades y Escuelas de Negocios no son una excepción: como entidades, estas instituciones necesitan colaborar más y más para expandir su capacidad de enseñanza a alumnos de más allá de su geografía estricta, pero también para estar al día de los últimos avances y de las posibilidades de ampliación o consolidación del mercado. Pero eso que, además, en las Universidades y Escuelas de Negocios sucede algo mucho más importante que la simple agrupación de intereses comunes: existe algo llamado universalización de la enseñanza y libre acceso de todas las personas a todo tipo de conocimiento. Reglado o no.

¿Cómo gestionar la transmisión de conocimientos y habilidades en un mundo en que el acceso a estos conocimientos se ha despatrimonializado tanto? La enseñanza sigue siendo fuertemente regulada por los Estados, fijando los programas mínimos, las necesidades de redistribución de necesidades educativas internas, las tasas o tarifas, las titulaciones… pero la enseñanza no ha podido escapar de la revolución cultural del siglo XXI, basada como decimos en una revolución comunicativa: hoy en día es posible ser un experto en física cuántica sin haber pisado ninguna facultad. Ni siquiera sin haber salido de una habitación.

La respuesta a cómo poder gestionar este fenómeno es tan obvia como compleja: se trata de dirigir estos conocimientos hacia objetivos sólidos, útiles y con dimensión social.

Graduación ESERP

Graduación ESERP

La función de las Escuelas de Negocios y Universidades ya no es transmitir conocimientos, puesto que han perdido gran parte de su exclusividad académica: se trata ahora de derivar progresivamente a una función de especialización, de concreción de la información, de focalización del estímulo cognitivo hacia un objetivo claro. Hay que disponer de un Plan, de una estrategia a largo o medio plazo, además de disponer de las herramientas necesarias. Es decir, ayudar al alumno a focalizar su atención a una disciplina, ante el bombardeo informativo actual (y las infinitas posibilidades comunicativas), pero hacerlo asimismo con las máximas garantías de calidad y de practicidad en el mundo laboral o empresarial.

Un autodidacta difícilmente puede llegar a ser un gran líder, ya que le faltan justamente los instrumentos para priorizar sus enfoques de conocimiento. Un alumno debe también poder tener métodos autodidactas, pero no podrá llegar a sus objetivos si sólo cuenta consigo mismo y con su curiosidad. Las Escuelas de Negocios les ayudan, pues, a localizar fuentes de conocimiento, a gestionar esos aprendizajes, a llevarlos a la práctica, a relacionarlos con el resto de redes mundiales y a dirigirlos en función del bien común. ¿Quién dijo que no quedaba trabajo por hacer en el mundo educativo?

El cambio de hábitos sociales y productivos y su aplicación en las Escuelas de Negocios
Sin duda, estos cambios sociales y tecnológicos tienen su reflejo inmediato en el aprendizaje, la enseñanza y la transmisión de conocimientos. Como hemos apuntado, el conocimiento ha roto las barreras de las bibliotecas y de las aulas y hoy en día los grandes “maestros” del progreso empresarial muchas veces alardean de no haber terminado una carrera. Eso supone, evidentemente, que el prestigio del concepto “carrera universitaria” ha sufrido modificaciones. Y que ya no es en absoluto suficiente la acumulación de datos o de métodos para desarrollarse intelectualmente ni profesionalmente.

Cambios de hábitos sociales y cambios de hábitos productivos:

hoy en día el “producto” queda desnudo sin una dimensión humana, social: sin un sentido que le transcienda. Hoy en día no hay empresa que pueda permitirse el lujo de funcionar por su simple supervivencia, o por su simple preeminencia en el mercado. Nada de eso es suficiente si no va acompañado de una misión que vaya más allá del beneficio propio, que tenga en cuenta el resto del planeta (y no hablamos sólo de sostenibilidad) y que dé, en definitiva, un sentido “grande” a su arranque de actividad cada mañana. Se ha terminado la época de producir por producir, de competir por competir y de ganar por ganar: algo deben ganar los que nos rodean, por el hecho de que existamos y de que hagamos las cosas bien. Algún sentido debe tener que la hormiga haya decidido no dedicarse a cantar bajo las flores. La diferencia entre la hormiga y nosotros es que nosotros podemos planteárnoslo.

Los cambios de hábitos sociales nos apuntan a un mundo en que todo está al alcance de nuestra mano, y de forma inmediata: no sólo el conocimiento, sino también la acción. Realizar una transferencia bancaria. Difundir un manifiesto político. Responder a una propuesta comercial. Dar un beso. Visualizar un plano. Corregir un libro. No hablamos pues de pantallas estáticas en que el ciudadano quede como receptor pasivo de datos, como una especia de “Hollywood del conocimiento”: hablamos también de creatividad, de interactividad y de acción. Sin duda todo esto nos reconcilia, más allá de lo que podemos llegar a reconocer, con un factor tan ancestral como moderno: las infinitas posibilidades del hombre.

Se trata, pues, de un sutil traspaso de poder: como decíamos, y como insistiremos más adelante, las soberanías estatales siguen siendo los sujetos principales de representación política a nivel mundial. Pero lo que es revolucionario es la capacidad del individuo, hoy más que nunca, para desarrollar y potenciar lo que es la base de toda soberanía democrática: la bautizada, ya desde tiempos de la Revolución Francesa, como “soberanía popular”.

Es decir, los Estados no pierden su poder y su protagonismo pero los individuos (que conforman los Estados y eligen sus gobiernos) pueden ser mucho más tomados en cuenta: ya no hay la simple espera del famoso “minuto de gloria” pronosticado por Andy Warhol, basado en los parámetros de las sociedades televisivas: hoy la televisión ha perdido un gran protagonismo en los hogares, a favor de instrumentos mucho más proactivos. Dicho de otra forma, los Estados siguen mandando a sus ciudadanos pero ya no siguen dirigiéndolos. Muy al contrario, hoy el ciudadano puede cobrar mayor protagonismo que nunca: especialmente si es capaz de arrastrar multitudes.

Es imposible imaginar un mundo así, conformado con estos nuevos hábitos y nuevas posibilidades, sin contar con un punto de orden. Con un punto de solidez, en los contenidos pero también en las actitudes. Instituciones educativas deben ser las principales depositarias de la “luz” imprescindible para gestionar este nuevo reparto de poderes de forma eficiente, sólida y justa. En definitiva, la facultad nos va a permitir que nuestro “minuto de gloria”, o más bien dicho nuestros “años de ilimitadas posibilidades” cuenten con el mínimo orden (mental, cognitivo y proactivo) necesario.

Se equivocarán las Universidades y Escuelas de Negocios, como se equivocarían los Estados, si confundieran su aportación (orden, gestión del conocimiento) con una voluntad de intervenir en el pensamiento libre el ciudadano/alumno. No se trata de contaminar, ni de invadir sus pensamientos, ni de alterar sus creencias, pero sí de darle un rumbo que sea negociado pero que sea útil. Séneca nos apuntaba que cuando uno no sabe en qué dirección va, todos los vientos le son desfavorables. Pues bien: no vamos a marcar un rumbo definido a ningún alumno, sino que vamos a escucharle y a negociar con él un rumbo viable y ambicioso, y le vamos a proporcionar las herramientas para no perderse en el camino y facilitarselo. Pero también para dotar a su viaje de un objetivo que le transcienda a sí mismo: ¿para qué vas a ese puerto, y en qué va a beneficiar eso a los demás? Preguntas difíciles o imposibles de resolver desde la pantalla de ningún ordenador y de ningún teléfono móvil.

Los cambios internacionales: ¿por qué “choque” de civilizaciones?

Desde la creación de ESERP, a nivel internacional habrá que destacar básicamente dos acontecimientos: el fin de la Guerra Fría y la definitiva consciencia de mercado global. No es (como hemos ya apuntado) que antes de los años 90 no hubiera intercambios mercantiles y de información entre países, no es que de repente hayan desaparecido las fronteras.

Muy al contrario, cada vez está más consolidada la idea de soberanía nacional como medida válida de la interlocución entre comunidades, como concepto definitorio de las identidades que tienen que tener voz en el contexto mundial, como ámbito geográfico inviolable. La supremacía de los Estados Unidos no ha eliminado esa concepción que tiene raíces en las naciones-estado que se consolidaron en los siglos XVIII-XIX, a pesar de que haya habido movimientos de fronteras a través de conquistas (Afganistán, Kuwait, Iraq…) o declaraciones de independencia (Kosovo, Chequia, Lituania…) como siempre las hubo históricamente. El Estado sigue hoy siendo el principal protagonista a nivel mundial, superando las peores profecías que se le formulaban.

Como sugeríamos anteriormente, el fin de la Guerra Fría no fue una sucesión espontánea de “caídas” de muros: el muro de Berlín no “cayó” sino que fue derrumbado, es decir, no resistió a la iniciativa social (una suma de individualidades) y a los impulsos macroeconómicos que participaron de forma proactiva en ese cambio de paradigma mundial. De nuevo, y sin ninguna generalización del uso de internet (estamos hablando del año 1989, poco más que teléfono, televisión y correos), los individuos se organizaron para corregir una anomalía que simplemente no beneficiaba casi a nadie. Lo que hoy en día llamamos “globalización” no es sólo una simple y llana desaparición de fronteras, como lo demuestra el hecho de que el desmembramiento de la URSS creó más fronteras de las que eliminó (Ucrania, Letonia, Georgia, etc…). No, la globalización no tiene que ver con la desaparición de las fronteras ni mucho menos con el derrumbe de las soberanías estatales: tiene que ver con el cambio en el concepto de “frontera”, su flexibilización y su democratización, es decir, la toma de mayor protagonismo por parte de los individuos dentro de las fronteras de un Estado.

Una nueva amenaza sí es perceptible en nuestro contexto mundial: el llamado “choque de civilizaciones”, que una vez más tiene tanto de nuevo como de antiguo. Fue un choque de civilizaciones la Reconquista, lo fue la expulsión de los judíos y moriscos de la Península Ibérica, y lo fue en cierta medida la peor cara del régimen nazi de la Segunda Guerra Mundial. El choque de civilizaciones o de culturas, básicamente entre las culturas cristiana, musulmana y judía, no debería sorprendernos si no fuera por el determinante momento que inaugura el siglo XXI para bien y para mal: el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001.

Se ha escrito mucho sobre este gran trauma mundial y sobre lo que significa a nivel geopolítico. De entrada un gran precipicio se ha abierto entre las ya difíciles relaciones entre el mundo “cristiano” y el mudo musulmán. Estamos hablando de una historia de frustraciones, de envidias, de condiciones económicas y de reparto de protagonismos a nivel planetario. Pero estamos hablando, también, de un tema de seguridad y de democracia: posiblemente la liberalización y la democracia, es decir, el proceso iniciado con la Revolución Francesa y culminado (hoy por hoy) con la globalización y la revolución tecnológica bebe en gran parte de un gran racionalismo. De una confianza en el individuo y en sus posibilidades que hace temblar los parámetros dogmáticos de hace sólo un siglo, y en que la religión y las costumbres tiene mucho que decir. El mundo liberal y democrático no se asienta bajo dogmas si no es bajo un principal dogma de “libertad”, lo cual pone en crisis la relación de los occidentales con la Iglesia católica y cómo no, exponencialmente, con las religiones y culturas más alejadas.

Podría ser, por lo tanto, que nos encontráramos ante algo menos importante (en el fondo) que un “choque de civilizaciones”. Podríamos estar hablando de un choque entre tecnología y tradición, ente progreso y costumbres, entre razón y dogma, entre individuo e instituciones (religiosas o no). Las sociedades “occidentales” han resistido mejor ese choque (principalmente tecnológico y comunicativo, el cambio de hábitos sociales que apuntábamos) porque se basan en una confianza en la libertad de los individuos y porque han tenido siglos para practicar, con éxito, a partir de esa libertad. Las instituciones (soberanías, altares, medios de comunicación) de nuestros países han encontrado en la libertad individual no precisamente un freno, sino un motor de progreso y de bienestar.

Con sus contras, pero con sus muchos pros. En cambio, las sociedades más basadas en la tradición, el dogma o el direccionismo (incluso las sociedades comunistas o las dictaduras todavía existentes) se han encontrado con un verdadero “choque mental” entre su vida de siempre y nuestros acelerados cambios de hábitos. Nos hemos alejado mucho más de lo que estábamos. La amenaza pues no es una guerra entre cristianos y musulmanes, sino entre el modelo de vida “occidental” (más liberal, más laxo, más confiado) y modelos de vida más tradicionales (más intervenidos y dirigidos, por lo menos a nivel formal). El atentado a las Torres Gemelas es, básicamente, una señal de esta otra parte del planeta: “no nos sentimos respetados”. Erróneo o no, ese es su diagnóstico. Y por supuesto que eso tiene más que ver con el reparto de la riqueza (y del poder) que con el reparto de Verdades entre los varios Dioses que reinan en la Tierra. Aunque este sea sin duda el gran pretexto.

No estamos ante un siglo especialmente bélico a partir de ese momento, ni con un Defcon demasiado alarmante: estamos en un siglo básicamente consciente de la proximidad (más o menos conflictiva) de los demás. El resumen de lo que sucede en nuestras ciudades, en nuestro país y en nuestros continentes ahora mismo es precisamente este: nos hemos dado cuenta de que los demás están más cerca de lo que creíamos, y nos hemos dado cuenta del poder que tienen. Las personas y las comunidades. No sólo estamos hablando de atentados terroristas, sino de pura convivencia entre formas de ver el mundo: el reto para nuestras ciudades es el de absorber grandes flujos migratorios extranjeros sin que ello nos haga tambalear los valores comunes que nos identifican como sociedad. Eso nos obliga a poseer un prisma multicultural que, sin duda, debe reflejarse en nuestras instituciones de enseñanza, así una vez más ESERP como comprometida con la sociedad ha realizado una serie de investigaciones científicas que han permitido llevar a cabo un libro titulado: “Como evitar el choque de culturas y civilizaciones publicado en Europa en inglés y castellano y que ha sido prolongado incluso por el propio Presidente de la Generalitat y publicado por sus aportes por Editorial Furtwangen, la editorial de la RACEF- Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras de España- y la editorial de la Universidad de Stafford.

Las aulas no pueden estar ciegas y sordas a este fenómeno, ya no sólo debido a los flujos inmigratorios sino por el hecho de que cada persona, como decíamos, posee hoy una verdadera ventana abierta al mundo dentro de su propio bolsillo. ¿Saber inglés? Por supuesto: pero también las sociedades anglosajonas tendrán que aprender idiomas (es decir, formas diferentes de ver el mundo) si quieren tomar consciencia de la estimulante complejidad y las inmensas oportunidades existentes en nuestro mundo de hoy. En un mundo cada vez más comunicativo, es una contradicción que los conflictos se generen justamente por falta de aproximación y de diálogo. Hablamos de conflictos militares pero también de diferencias sociales o culturales: más que nunca, poseemos las herramientas necesarias para vencer los precipicios más abruptos. Herramientas que se basan en la comunicación y el intercambio. A nivel político y económico, pero también a nivel cultural y educativo. Una Escuela, pues, no puede aparecer cerrada a este deber para con la sociedad que la envuelve y las múltiples sociedades interconectables del planeta. Una Escuela no sólo tiene una responsabilidad hacia sus alumnos, sino también hacia el mundo.

Hoy todos somos activos, hoy todos somos agentes con grandes potenciales de intervención en el mundo que nos rodea. ¿Cómo no va a serlo, en la era de la comunicación, una institución como es una Escuela de Negocios o la Universidad? ¿Cómo pretender que estas entidades sean simples fábricas de cerebros en cadena? ¿Cómo imaginar una escuela moderna que no incorpore a sus valores y sus métodos el prisma de la multiculturalidad, del intercambio, de la homologación internacional de títulos, de la apertura a alumnos foráneos, de la constante búsqueda del conocimiento también a través del contraste cultural? ¿Cómo pretender no sólo no saber inglés, sino renunciar a conocer otros códigos lingüísticos y culturales que nos complementan y nos enriquecen?

Puede intuirse ya a estas alturas que estamos en el mismo planeta que hace 25 años, pero que nos encontramos sin duda ante todo un nuevo Universo. ¿Aprovecharemos estas proximidades, hoy redescubiertas, para crecer y para ayudar a crecer?

Los cambios en España

El presidente del grupo Planeta con el Profesor Doctor José Daniel Barquero

El presidente del grupo Planeta con el Profesor Doctor José Daniel Barquero

En el contexto más inmediato, los principales cambios vividos durante este cuarto de siglo ha sido el desarrollo de la democracia en España, el fortalecimiento de las autonomías (con dificultades, todavía, sobre todo en el encaje de identidades fuertes como la catalana y la vasca) y la modernización definitiva de las ciudades y sus infraestructuras. Se pueden englobar estos tres hechos en un único paradigma: España ha pasado página a la Transición y se encuentra a las puertas de una “Segunda Transición”: un proceso que tiene mucho que ver con el cambio generacional, pero también con los progresos experimentados a nivel mundial (tecnología, comunicación y cambio de hábitos).

Si bien es cierto que a nivel político España parece todavía condenada a un bucle dialéctico entre izquierdas y derechas que tiene demasiada proximidad histórica con los “rojos” y “nacionales” de hace 30 o 70 años, y que sin duda el debate político siempre aparece contaminado por heridas no del todo cicatrizadas de la Guerra Civil y sus consecuencias, no puede ignorarse en absoluto que España ha entrado de forma decidida en la homologación mundial de lo que entenderíamos como país moderno, democrático y liberal del mundo “occidental”.

Sus dilemas (especialmente ahora, en un contexto de grave crisis económica) fluctúan entre la supervivencia del Estado del bienestar (mayor o menor intervencionismo), la dinamización de su modelo productivo (la perniciosa “burbuja inmobiliaria”), los debates morales de las sociedades modernas (aborto, matrimonio homosexual, eutanasia), la integración de los flujos migratorios extranjeros (el uso de los símbolos religiosos o culturales en las escuelas, el papel de las mezquitas, los grupos de peligrosidad internacional) y una crónica dificultad de organización territorial interna (descentralización, pero algo más que eso: determinación, asimilación y convivencia entre las identidades diferenciadas internas). A parte de este último debate (que tiene ya algún tinte de gravedad), se trata de dilemas equiparables a los que tienen gran parte de los países democráticos europeos.

El asiento y progresiva dinamización de una clase media, a partir de los primeros años de democracia, ha contribuido a ordenar un panorama político y social muy complejo que, afortunadamente, ha encontrado una senda de relativa moderación. España se siente reconocida a nivel mundial, muy por delante del acomplejamiento palpable de los años 70, y capaz de abordar los retos de futuro con un prisma constructivo y abierto. Es decir, no estamos hablando ya de un país instalado en el dogma ni en la tradición, pero tampoco en el choque de dogmas y de tradiciones que lo han caracterizado durante la historia: hablamos de un Estado obsesionado en el futuro mucho más que en el pasado, y eso le obliga a ponerse a primera fila de los nuevos paradigmas de las democracias modernas. Que pasan, muy principalmente, por la asimilación de la revolución tecnológica y comunicativa.

España, como tantos y tantos estados, ha entendido que favorecer la soberanía individual no fragiliza, sino que fortalece la soberanía nacional y la hace más participativa y abierta. Como país moderno, España es una suma de individualidades (personales, empresariales, institucionales…) que pueden y deben abrir constantemente sus ventanas al mundo. Actuar como protagonistas a nivel mundial, absorber de otras visiones, innovar en conocimientos y encontrar claves de progreso en el intercambio. Lo dicho tiene su traducción, palpable y evidente, en el mundo educativo y muy especialmente en el universitario.

La enseñanza online ya no es una apuesta, como lo fue y todavía es ESERP OnLine, sino más bien una obligación: los cambios de hábitos que comporta la revolución tecnológica hace necesario poner los conocimientos a disposición del mundo, y poner los conocimientos del mundo al disposición de la educación. Eso pasa por establecer herramientas de intercambio a través de la pantalla, no sólo desde parámetros académicos sino incluso personales y laborales. La revolución tecnológica permite más que nunca a las instituciones educativas que empresa, persona, Escuelas de Negocios e instituciones conformen un “todo” interconectado que tan sólo puede enriquecer al alumno, al profesorado y a la misma entidad educativa. Un sistema de conocimiento, por lo tanto, mucho más dinámico y participativo. Pero que requerirá, también, de mucho mayor control (autocontrol?) para hacer que el intercambio de conocimientos y de actividades sea lo más fructífero posible para el alumno y para la sociedad.

Lo cual no pasa por la ley, como podría pensarse desde la clásica óptica reglamentista de los países latinos: el esfuerzo de los políticos por institucionalizar, regular y poner orden a nuestro sistema educativo ha encontrado unos límites cada día más flagrantes, que a menudo ha derivado en una confusión entre flexibilidad y liquidez. No queremos crear a alumnos/ciudadanos rígidos, pero sí queremos desarrollar alumnos/ciudadanos sólidos. Y eso, que también debe tener su plasmación legal (devolviendo el sentido de autoridad, implantando mayores dinámicas de castigo y premio, permitiendo diferenciar el progreso y el fracaso académicos, flexibilizando requisitos para la docencia tanto a nivel geográfico como a nivel académico, eliminando barreras burocráticas, otorgando mayor valor a la excelencia…), tiene sobre todo dos depositarios principales como responsables: la enseñanza y el alumno mismo.

 

El poder del individuo

El individuo es más “soberano” que nunca. El derrumbe de los absolutismos dio lugar a las democracias, pero ellas han dado lugar posteriormente a una nueva idea de “soberanía popular” donde la clave y en centro están, cada día más, en el individuo. Eso supone un cambio de mentalidad que implica responsabilidad, y deberemos convenir en que esa responsabilidad no siempre es bien asumida por el individuo mismo. Muchos querrían que las cosas vinieran más dadas, que los partidos políticos se fosilizaran en las instituciones y sólo poder participar cada cuatro años, que los mercados se autoregularan, que la electricidad o la telefonía vinieran establecidas para no tener uno mismo tanto peso de decisión. Pero ya no es así: mayores opciones implica más responsabilidades. Lo que queda castigado hoy en día no es, como hace años, la “falta de competitividad”. No, hoy más que eso lo que se castiga es la falta de acción. La pasividad.

Sin duda la televisión fue un instrumento de control de masas de gran efectividad, y de ella se aprovecharon los regímenes más democráticos y los más autoritarios. Que se liberalizara la transmisión de contenidos televisivos fue un primer pasa hacia el “descubrimiento del prójimo”, hacia el descubrimiento de que más allá de la programación inculcada día tras día había posibilidades mucho mayores. Más opciones a la creatividad y a nuevos lenguajes. De ahí a la asunción de la participación en internet, a poder poseer una productora propia de contenidos, audiovisuales o no, sólo había un paso. Y el resultado es un “soberano”, el individuo, que precisamente por ser más soberano sobre sus propias decisiones es más responsable de sus éxitos y fracasos. Ah: y está más acompañado a nivel de contactos de redes, pero mucho más solo a la hora de tomar decisiones. Eso debe apuntarse también.

Internet, pero también la telefonía móvil y los nuevos usos de comunicación audiovisual, obliga a una versatilidad inédita hasta hoy. El sujeto es hoy una esponja flexible de absorción de conocimientos, pluridisciplinares, lo cual nos transforma a todos un poco más “expertos en todo” con el riesgo de no ser en el fondo expertos en nada. Lo positivo de esta experiencia es que nos permite desencasillarnos, abarcar más de una disciplina o una profesión, e interesarnos por el mundo de una forma más universal. No “seremos una cosa”, sino que podernos encontrar matices y sectores de actividad diferentes en los que poder desarrollarnos, revalorizándose de forma exponencial la flexibilidad como virtud del individuo. Flexibilidad laboral, geográfica, mental, lingüística, adaptativa. Por lo tanto el ser, más proactivo que hace pocos años, es también hoy más variable y multidisciplinar. Como con la participación de Salvador Dalí en “What’s my line?”, un programa de televisión de los años 50, el personaje oculto no se definía sólo como pintor: ¿por qué no también escritor? ¿o actor? ¿o incluso (sic) deportista? ¿Por qué vamos a definirnos como una sola cosa, y por qué vamos a interesarnos por una sola disciplina?

Evidentemente, soportes como el de la Universidad deben ayudar a no desviar el rumbo (o los rumbos) y mantener una trayectoria sólida, con fundamento, sin confundir variabilidad con volatilidad. El desarrollo de competencias aplicables al mundo laboral es cada vez más responsabilidad principal del alumno, de su interés, ya sea por una o por varias áreas. Más que nunca la Universidad va a dotar de herramientas, pero también más que nunca la actualización y desarrollo de los conocimientos van a ir a cargo exclusivamente del ciudadano/alumno.

Lo cual nos deriva, de nuevo, en la responsabilidad social: el individuo es cada vez más responsable de su futuro, sí, pero no sólo del suyo. Ideas como “sostenibilidad”, “globalización”, “choque de culturas”, “intercambio” y “comunicación” nos llevan inexorablemente a la inviabilidad del individuo autárquico. Es decir, ser soberano no significa ser absolutista ni a creerse el centro del mundo. Justamente el colapso de las monarquías absolutas (que hoy todavía definen gran parte de las fronteras de las soberanías nacionales) se originó en el momento en que el rey se endiosó y limitó su subsistencia a la fidelidad de su corte. Olvidándose de lo que había más allá de los palacios. El gran reto del hombre “soberano” de hoy en día consiste justamente en democratizar y modernizar su reinado, expandirlo alrededor del mundo no a través de la conquista sino a través de la seducción, y construir un proyecto (personal, empresarial, institucional) que tenga también sentido constructivo para los demás. Con el matiz de que, en el actual momento histórico, “los demás” puede ser el mundo entero.

Evidentemente este nuevo individuo, más poderoso, más protagonista en cualquier caso, tiene que ser al mismo tiempo consciente de sus limitaciones. Es mentira que las posibilidades de internet sean ilimitadas porque las posibilidades del individuo sí son limitadas. Más que nunca un hombre, una mujer o una empresa pueden plantearse cualquier reto a nivel planetario (si se consiguen superar los vigentes prejudicios, dogmas o obstáculos de la tradición), pero lo que no podrá hacer es conseguirlos todos al mismo tiempo. Ni hacerlo tan sólo a través de internet.

Que la comunicación sea clave en nuestro siglo no significa que deba comprenderlo todo, ya que detrás de un proyecto debe haber realidades y utilidades. El exceso de confianza en la pantalla lleva a varios individuos a alienarse, a confiar su existencia a una realidad virtual que no sólo consiste en juegos (la llamada adicción a internet no es una verdadera adicción a internet, sino al entretenimiento que puede conllevar) sino que puede consistir en un simple castillo de naipes digitales: la pantalla nos comunica y nos acerca, pero podemos distraernos demasiado en el simple hecho de comunicarnos olvidando tres cosas fundamentales: el “nos”, el “qué” y el “para qué” comunicamos.

El presidente de España con el Profesor Doctor José Daniel Barquero

El presidente de España con el Profesor Doctor José Daniel Barquero

Lo cual nos lleva, de nuevo, a la gestión del conocimiento: el sistema educativo debe velar por ese papel de la persona, de lo que tiene que decir (o hacer) y del para qué quiere hacerlo. Varios de los Honorary Degrees por ESERP como pueden ser S.M. el Rey de España, Felipe González, Vicente Ferrer, Mariano Rajoy, Artur Mas, Jordi Pujol, Esperanza Aguirre y José Luis Rodríguez Zapatero, y un largo etcétera, son personajes que han destacado por sus capacidades pero también por su vocación, su pasión. En la educación superior va a ser determinante la filosofía, la capacidad de responder a preguntas que cualquier aprendiz debe saber responder al final de su carrera: quién soy, qué sé hacer y para qué quiero hacerlo. Preguntas que no son sólo las que se pregunta a los delincuentes en las comisarías, sino que son sobre todo las que nos debemos saber responder a la hora definitiva de crecer como personas y como profesionales. Ese camino puede y debe ser guiado por la Universidad y por la escuela.

Camilo José Cela con el profesor doctor José Daniel Barquero

Camilo José Cela con el profesor doctor José Daniel Barquero

Y conlleva reflexiones importantes en el plano de los valores, de la identidad, del bien común, del método productivo y de las capacidades o talentos. No se responden esas preguntas en una simple clase de orientación profesional, sino a través de la intermediación constante entre alumno y profesorado, sumándole también, si la enseñanza tiene la visión suficiente, un constante contacto con el mundo empresarial. Si hace unos años hablábamos de las salidas profesionales de las carreras, hoy ya sabemos intuir que no se trataba de centrarnos en las salidas “profesionales”: ya entendemos a estas alturas que la única salida posible debe ser personal. Englobándolo todo: identidad personal, capacidades profesionales y asunción de valores éticos. Por supuesto que todo ello transciende, y mucho, a la pantalla del ordenador.

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